domingo, 27 de septiembre de 2026

Habitar la tierra frente a la lógica del recurso: LA ILUSIÓN DE UN VERANO SIN FIN

 Hay películas que se ven. Y hay películas que, de alguna manera, uno habita.

El sábado, 26 de septiembre, gracias a la invitación de dos amigos muy queridos, acabamos sentados entre el público del cubo 2 del Kursaal, para asistir a la entrega del Premio DAMA de la Juventud y, después, ver la película. Tuve entonces la sensación de estar ante una de esas obras que no terminan cuando aparecen los créditos. La ilusión de un verano sin fin (The Illusion of an Everlasting Summer), de la fotógrafa y cineasta argentina Alessandra Sanguinetti, es mucho más que un documental rodado durante veinticinco años sobre la vida de dos niñas en la pampa argentina.

Es una película sobre el tiempo, la amistad, la infancia que se escapa y los sueños que permanecen o se transforman. Pero, sobre todo, es una película que cuestiona la lógica del Gestell: esa forma de mirar el mundo que convierte la tierra, el tiempo, las relaciones y las personas en recursos disponibles. Frente a esta lógica, Sanguinetti propone otra experiencia: esperar, contemplar y habitar.

La película recibió el Premio Horizontes Latinos y el Premio DAMA de la Juventud. Sin embargo, su verdadero eco no estaba solamente en los premios, sino en las palabras pronunciadas desde el escenario.



Una tesis que nace de la tierra

Alessandra Sanguinetti definió su película como una carta de amor al campo argentino, a una belleza amenazada. Desde esa preocupación por los territorios expuestos al despojo y la injerencia, pronunció unas palabras que resonaron con fuerza en la gala de entrega de premios: "Y mi deseo es que pueda seguir toda esa belleza sosteniéndose y que Estados Unidos saque las garras de Argentina [...] También espero que Israel saque las garras de Palestina y otros lugares porque, de lo contrario, vamos a ser nosotros Palestina."

A su lado, la productora Julia Solomonoff completó el diagnóstico denunciando la deriva mercantilista que todo lo engulle: "En un momento en que en la Argentina todo lo común está siendo valorado únicamente como mercancía, la película es también una manera de defender la tierra como fuente de vida y de saber, y la cultura como valor simbólico."

Esas palabras permiten formular la pregunta central de la película: ¿qué ocurre cuando dejamos de percibir la tierra como un mundo compartido y empezamos a tratarla como un conjunto de recursos disponibles?

En La pregunta por la técnica, Martin Heidegger denomina Gestell a la estructura que hace que lo real aparezca como algo que debe ser calculado, organizado y puesto a disposición. No critica solamente las máquinas, sino la posibilidad de que la mirada técnica se convierta en la forma dominante de revelar la realidad. Así, la montaña puede dejar de aparecer como montaña y convertirse en reserva de mineral; el río, en fuente de energía; el bosque, en madera disponible; la tierra, en suelo productivo.

En esa lógica, podríamos decirlo así: lo real corre el riesgo de valer únicamente en la medida en que puede ser utilizado.

La película de Sanguinetti puede leerse como una resistencia a esa lógica, no mediante un discurso abstracto, sino a través de una forma distinta de mirar: permanece durante veinticinco años junto a dos niñas y deja que sus vidas se muestren sin quedar reducidas a una función, una cifra o un resultado.

La espera como resistencia

Hay una forma de mirar que pregunta: ¿Para qué me puede servir esto?

Y hay otra forma de mirar que pregunta: ¿Qué es esto? ¿Qué historia guarda? ¿Qué vida sostiene? ¿Qué misterio encierra?

La primera calcula y quiere disponer. La segunda contempla y trata de comprender.

Aquí la película La ilusión de un verano sin fin resulta especialmente significativa. Sanguinetti ha hecho algo poco rentable para la lógica de nuestro tiempo: esperar.

Esperar durante veinticinco años. Volver. Mirar. Dejar que dos niñas crezcan, jueguen, sueñen, se enamoren, trabajen, sean madres y tomen caminos diferentes.

Veinticinco años para contar algo que nuestra cultura querría resumir en unos pocos minutos.

Hay en ese gesto algo profundamente contracultural. Vivimos bajo una presión constante por acelerar donde todo tiene que producir, generar y justificar su utilidad. También el tiempo, las relaciones, la educación, el arte y la naturaleza.

Quizá por esto esta película resulte tan perturbadora: porque no quiere conquistar el tiempo, quiere recibirlo. No pretende arrancarle a la realidad una respuesta inmediata, simplemente la acompaña.

Su duración se convierte así en una forma de resistencia frente al Gestell: allí donde la lógica de la disponibilidad exige resultados, la película introduce espera; allí donde el cálculo busca apropiarse de la experiencia, ella permite que la experiencia se despliegue.

El arte puede abrir precisamente ese espacio en el que las cosas vuelvan a aparecer sin quedar reducidas a su utilidad. No se trata de convertir la vida en poesía, sino de algo más radical: aprender a habitar la realidad que vivimos.

Habitar no es poseer

Este verbo une la Pampa argentina, Heidegger y la pantalla del Kursaal: habitar.

Habitar no es poseer ni dominar un territorio. Significa entrar en relación con un lugar que nos precede y que, de alguna manera, nos acoge.

La Pampa no aparece únicamente como escenario. Es casi un personaje. Las protagonistas crecen, juegan, sueñan y construyen sus recuerdos en ella.

La tierra deja de ser paisaje y se convierte en hogar.

En este punto recuerdo el blog Regreso a casa —nuestra casa—, de Elena Andrés Suárez, experta en Interioridad. Habitar la casa no consiste solo en ocupar un espacio, sino en reconocerlo como lugar de presencia, cuidado y encuentro. Algo semejante ocurre con la tierra: solo podemos cuidarla verdaderamente cuando dejamos de verla como una cosa disponible y empezamos a recibirla como casa.

De hecho, esta misma sabiduría contemplativa atraviesa la tradición evangélica. Jesús invita no a dominar la vida, sino a contemplarla y acogerla. Invita a mirar las aves del cielo y a contemplar cómo crecen los lirios del campo, recordándonos que la vida desborda siempre nuestra capacidad de control. Y cuando habla del Reino, recurre a la imagen de una semilla que crece lentamente, incluso mientras el sembrador duerme, sin que este sepa cómo sucede. No todo puede ser controlado, acelerado o puesto a nuestra disposición. Hay realidades que necesitan tiempo, acogida y espera.

También el cuarto evangelio volverá sobre esta lógica con una palabra decisiva: permanecer. “Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4). Contemplar, esperar y permanecer son, desde esta perspectiva, gestos que se sitúan en las antípodas de una existencia dominada por la prisa y la disponibilidad absoluta.

Quizá una de las grandes heridas de nuestro tiempo sea que hemos aprendido a desplazarnos por el mundo con enorme eficacia, pero estamos olvidando cómo habitarlo. Podemos fotografiarlo todo y contemplar muy poco; acumular información sobre un territorio y desconocer la historia de quienes lo habitan.

La película muestra que habitar implica aceptar la duración, la vulnerabilidad y la transformación. Las protagonistas no son objetos de observación ni símbolos disponibles para una tesis: son vidas que cambian, se contradicen y desbordan cualquier intento de fijarlas. Precisamente por eso la película resiste la lógica del Gestell: no convierte la existencia en material utilizable, sino que la deja conservar su densidad y su misterio.

Del hogar amenazado al Gestell planetario

Por eso la expresión “Gestell planetario” resulta más sugerente que una denuncia dirigida exclusivamente contra un país, una empresa o una ideología.

La lógica de la disponibilidad puede aparecer en el capitalismo, pero también en nuestra manera cotidiana de consumir; en las grandes corporaciones, pero también en nuestras pequeñas decisiones; en la explotación de una tierra lejana, pero también en la manera en que utilizamos nuestro propio tiempo.

El Gestell también es una tentación que atraviesa nuestra propia mirada. Tenemos que atrevernos a preguntarnos:

  • ¿Cuándo convierto a las personas en recursos?
  • ¿Cuándo convierto mi tiempo en rendimiento?
  • ¿Cuándo convierto una relación en utilidad?
  • ¿Cuándo dejo de contemplar y empiezo simplemente a “disponer de”?

La amenaza que Sanguinetti señala en la Pampa no es, por tanto, un problema aislado. Forma parte de una estructura más amplia que transforma los territorios en reservas, las comunidades en mercados y la vida en materia administrable. La película comienza en un lugar concreto, pero su pregunta alcanza al planeta entero: ¿qué mundo construimos cuando todo puede ser puesto a “disposición de”?

El arte como espacio de resistencia

Quizá por eso importe tanto el cine. No porque pueda resolver nuestros problemas, sino porque puede cambiar nuestra mirada sobre ellos.

Una película como La ilusión de un verano sin fin no ofrece un programa económico ni político. Hace algo más sencillo y profundo: nos obliga a contemplar, a mirar a dos niñas, cómo pasan los años, cómo cambian sus cuerpos y sus sueños, cómo una tierra sostiene una vida que no puede reducirse a una cifra.

La resistencia que ofrece esta película no consiste en oponer una consigna a otra, sino en modificar el modo en que aparece lo real. La película no presenta la Pampa como una superficie disponible, sino como una trama de vínculos, recuerdos, trabajos, pérdidas y posibilidades. No presenta a las protagonistas como recursos narrativos, sino como personas cuya existencia no se agota en lo que producen ni en lo que representan.

Y es que allí donde está el peligro puede crecer también lo que salva. El arte puede abrir otro modo de desvelamiento, no porque sea una solución mágica, sino porque nos devuelve la capacidad de asombro.

Y quizá el asombro sea el comienzo de una relación diferente con el mundo. Allí donde aparece el asombro, la realidad deja de ser completamente transparente a nuestros fines. Ya no es solo algo que podemos usar: es algo ante lo que debemos detenernos.

Del Kursaal a la Pampa

Salí del Kursaal pensando que había visto una película sobre dos niñas de la Pampa argentina. Ahora pienso que había visto algo más: una defensa silenciosa de otra manera de estar en el mundo y una crítica profunda de la mirada que convierte todo en reserva disponible.

Frente a esa inercia, la obra nos ofrece una alternativa urgente:

  • Frente a la prisa, la espera.
  • Frente al cálculo, la contemplación.
  • Frente a la explotación, el cuidado.
  • Frente a la disponibilidad absoluta, el respeto por aquello que no puede ser poseído.
  • Frente al expolio, el habitar.

Y frente a una cultura que pregunta constantemente “¿para qué sirve?”, quizá necesitemos recuperar otra pregunta: “¿Qué es esto que tengo delante?”

Cuando dejamos de preguntar para qué podemos utilizar una realidad y comenzamos a preguntarnos qué significa, qué historia contiene y qué relación nos une a ella, quizá estamos empezando a salir, aunque sea por un instante, de la lógica del Gestell.

No se trata de abandonar toda técnica ni de idealizar un pasado sin conflictos. Se trata de impedir que la disponibilidad se convierta en el único modo de habitar el mundo. La película no propone escapar de la historia, sino aprender a permanecer en ella sin reducirla a rendimiento.

Quizá eso sea también habitar poéticamente.

Y quizá por eso una historia que echó a andar hace un cuarto de siglo en la Pampa termina interpelándonos de un modo tan íntimo desde la pantalla del Kursaal. Interpela nuestro modo de mirar, de cuidar y de estar en el mundo. En última instancia, nos devuelve un interrogante decisivo:

¿Seremos capaces de seguir siendo habitantes de la Tierra, o acabaremos transformados —junto con ella— en un simple recurso disponible?

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

PISA nos pregunta qué saben nuestros alumnos. Pero ¿quién les ayuda a descubrir quiénes son?

Los resultados de PISA vuelven a poner la educación delante del espejo. Pero quizá necesitamos hacernos una pregunta que ningún informe internacional puede responder.

PISA vuelve a poner la educación delante del espejo

Estos días volvemos a hablar de educación a partir de unos números.

El informe PISA 2025 sitúa a los estudiantes españoles en 451 puntos en comprensión lectora, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Respecto a la edición anterior, España pierde 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 7 en ciencias. Son resultados preocupantes y forman parte, además, de un retroceso que afecta también al conjunto de los países de la OCDE.

No podemos ignorar estos datos.

PISA nos está diciendo algo importante sobre nuestros sistemas educativos, sobre los aprendizajes, sobre las dificultades que están encontrando muchos adolescentes para leer, comprender, razonar y aplicar lo aprendido.

Y precisamente por eso merece la pena escucharlo.

Pero quizá, mientras miramos esas cifras, necesitamos hacernos otra pregunta.

Una pregunta que PISA no puede contestar.

¿Qué tipo de persona estamos ayudando a formar?

Podemos medir muchas cosas. Pero una persona es mucho más que lo que podemos medir

Podemos medir cuánto sabe un alumno.

Podemos comprobar si comprende un texto, si resuelve un problema matemático o si interpreta correctamente un fenómeno científico.

Podemos evaluar competencias, conocimientos, resultados y rendimiento.

Todo eso es importante.

Pero hay una realidad que difícilmente cabe en una tabla estadística.

Podemos saber cuánto sabe un alumno y, sin embargo, no saber quién está llegando a ser.

Podemos conocer sus resultados y desconocer qué hace con sus capacidades.

Podemos medir su rendimiento y no saber qué sentido tiene para él lo que aprende.

Porque educar no consiste solamente en ayudar a una persona a saber más.

También consiste en ayudarle a descubrir quién es, qué quiere hacer con su vida, qué merece la pena, cómo quiere vivir y para quién quiere poner sus capacidades al servicio de los demás.

Y aquí aparece una cuestión que quizá estamos dejando demasiado en segundo plano: La interioridad.

Nuestros alumnos viven hacia fuera

Nuestros alumnos viven inmersos en un mundo extraordinariamente estimulante: Pantallas. Mensajes. Vídeos. Redes sociales. Información constante. Opiniones. Comparaciones. Velocidad. Ruido.

Nunca habían tenido tanto acceso a información y, al mismo tiempo, quizá nunca habían necesitado tanto aprender a escucharse por dentro.

Porque saber lo que ocurre fuera no significa necesariamente saber lo que ocurre dentro.

Un adolescente puede estar permanentemente conectado y sentirse profundamente solo. Puede recibir cientos de mensajes y no saber qué piensa realmente. Por eso la pregunta sigue ahí:

¿Quién enseña a nuestros alumnos a escucharse a sí mismos?

La escuela no puede renunciar a educar a la persona entera

Hablar de interioridad no significa restar importancia a las matemáticas, a la lectura, a las ciencias o al conocimiento.

Todo lo contrario.

Necesitamos una educación exigente, rigurosa y de calidad.

Pero necesitamos también una educación que no reduzca a la persona a aquello que puede ser evaluado.

No se trata de elegir entre conocimiento y humanidad.

Se trata de educar ambas dimensiones.

Necesitamos educar la inteligencia y el corazón.
El conocimiento y el discernimiento.
La capacidad para resolver problemas y la capacidad para afrontar el sufrimiento.
La comunicación y la escucha.
El esfuerzo y la gratuidad.
El éxito y el sentido.

Porque una pregunta acompaña inevitablemente a cualquier aprendizaje: ¿Para qué?

¿Para qué quiero saber?
¿Para qué quiero mis capacidades?
¿Para qué quiero tener éxito?
¿Para qué quiero vivir?

Educar es también ayudar a una persona a descubrir cómo quiere habitar el mundo.

Y para eso hace falta el trabajo de la interioridad.

Educar el ser

Quizá una de las grandes tareas educativas de nuestro tiempo sea precisamente esta: educar el ser.

Ayudar a nuestros alumnos a hacerse preguntas que no aparecen en los exámenes:

¿Quién soy?
¿Qué me mueve?
¿Qué estoy buscando?
¿Qué me hace feliz de verdad?
¿Qué lugar ocupa el otro en mi vida?
¿Cómo reacciono cuando fracaso?
¿Sé estar en silencio?
¿Soy capaz de escuchar?
¿Qué hago con mis heridas?
¿En qué creo?
¿Qué sentido tiene mi vida?

Estas preguntas probablemente nunca aparecerán en un informe PISA.

Y, sin embargo, pertenecen a una dimensión esencial de la educación.

Porque detrás de cada alumno hay una persona.

Y detrás de cada persona hay una historia, unos deseos, unos miedos, unas capacidades, unas heridas, unas posibilidades y una pregunta profunda por el sentido.

Y aquí aparece una palabra del Evangelio

Hay una frase de Jesús que adquiere una fuerza especial cuando pensamos en la educación:

     «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mc 8,36)

Podríamos traducirla hoy a nuestro lenguaje educativo:

¿De qué le sirve a un alumno saber mucho si no sabe quién es?
¿De qué le sirve alcanzar buenos resultados si no sabe para qué quiere vivir?
¿De qué le sirve conquistar el mundo exterior si nunca ha aprendido a habitar su mundo interior?

No se trata de despreciar el conocimiento.

Se trata de recordar que el conocimiento necesita un horizonte de sentido.

«Marta, Marta…»

Hay otra escena del Evangelio que me resulta especialmente sugerente para nuestro tiempo.

Marta está ocupada. Hace muchas cosas. Atiende. Organiza. Se mueve. Resuelve.

Y Jesús le dice:

   «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria.» (Lc 10,41-42)

¿No es también una imagen de nuestra manera de educar?

Vivimos llenos de tareas. Programaciones. Reuniones. Evaluaciones. Informes. Proyectos. Pantallas. Urgencias. Objetivos. Indicadores.

Y, en medio de todo ello, quizá necesitamos recuperar algo aparentemente muy sencillo y, sin embargo, revolucionario: pararnos. Hacer silencio. Escuchar. Mirar hacia dentro. Preguntarnos qué está pasando en nuestro corazón. Preguntarnos qué está pasando en el corazón de nuestros alumnos.

Porque no todo lo importante hace ruido.

La pregunta más incómoda: ¿quién educa la interioridad del educador?

Aquí aparece una cuestión que no podemos esquivar. La interioridad del alumno comienza también en la interioridad del educador.

No podemos enseñar a detenerse si nosotros vivimos permanentemente acelerados.
No podemos invitar a escuchar si nosotros no sabemos escuchar.
No podemos acompañar procesos interiores si nunca hemos recorrido el nuestro.

La interioridad no es una técnica. No es una dinámica más. No consiste solamente en aprender algunas actividades de relajación, silencio o atención.

Es algo mucho más profundo. Es una manera de situarse ante uno mismo, ante los demás, ante la realidad y, para quien cree, ante Dios. Por eso, en educación, la interioridad no se enseña solamente. Se contagia.

Educar la interioridad es educar para la libertad

Una persona que no conoce su mundo interior corre el riesgo de vivir permanentemente desde fuera. Desde lo que otros esperan. Desde lo que las redes muestran. Desde la necesidad de aprobación. Desde la comparación. Desde la prisa. Desde el miedo. Desde el último estímulo recibido.

La interioridad abre un espacio diferente. El espacio de la libertad. Porque entrar dentro de uno mismo no significa encerrarse en uno mismo. Significa poder descubrir quién soy para poder relacionarme con el mundo y con los demás de una manera más libre, más consciente y más humana.

San Agustín lo expresó con una intuición que conserva toda su fuerza:

«No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad.» (De la verdadera religión, 39,72)

Y resulta especialmente significativo que esta misma intuición haya sido retomada recientemente por el papa León XIV, que anima a aprender a detenerse y a crear espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.

PISA nos hace una llamada. Pero necesitamos escuchar otra

No necesitamos elegir entre PISA y la interioridad. Necesitamos ambas cosas.

Necesitamos conocer qué está ocurriendo con nuestros aprendizajes y, al mismo tiempo, atrevernos a mirar más profundamente qué está ocurriendo con nuestros alumnos.

PISA puede mostrarnos cuánto están aprendiendo, pero hay preguntas que van más allá:

¿Quiénes están llegando a ser?
¿Qué están aprendiendo sobre sí mismos?
¿Qué están aprendiendo sobre los demás?
¿Qué lugar ocupa el sentido en sus vidas?
¿Qué les sostiene cuando llegan las dificultades?
¿Dónde encuentran esperanza?
¿Son capaces de detenerse?
¿De escuchar?
¿De discernir?
¿De descubrir lo que merece la pena?

Esas preguntas no aparecen fácilmente en un informe.

Pero quizá pertenecen al corazón mismo de la educación.

Saber, hacer… y ser

Durante mucho tiempo hemos hablado de saber.

Después aprendimos a insistir también en el saber hacer.

Hoy quizá necesitamos recuperar con fuerza una tercera dimensión: saber ser.

Porque una educación verdaderamente integral no puede conformarse con formar alumnos competentes. Necesita ayudar a formar personas.

Personas capaces de conocerse.
De cuidar su mundo interior.
De discernir.
De relacionarse.
De afrontar la dificultad.
De descubrir un sentido.
De ponerse al servicio de los demás.

Y, para quienes vivimos la fe cristiana, de descubrir que en lo más profundo del corazón no estamos solos.

Hay una Presencia que espera.
Un Dios que llama.
Un Jesús que sale a nuestro encuentro.
Un Maestro interior que invita a vivir desde dentro para poder entregarnos hacia fuera.

¿Estamos educando para saber o también para SER?

Quizá esta sea la pregunta que deberíamos hacernos como educadores.

No para abandonar los conocimientos.
No para renunciar a la exigencia.
No para despreciar los resultados.

Sino para recordar a quiénes estamos educando.

Nuestros alumnos necesitan aprender a leer, a calcular, a investigar, a argumentar y a resolver problemas.

Pero también necesitan aprender a escucharse. A detenerse. A reconocer lo que sienten. A discernir. A descubrir quiénes son. A preguntarse para qué quieren vivir.

Y a encontrar un lugar interior desde el que puedan mirar el mundo con más libertad y más esperanza.

PISA nos pregunta qué saben nuestros alumnos.

Tal vez nosotros tengamos que hacernos otra pregunta:

¿Quién les está ayudando a descubrir quiénes son?


Educar el ser en un mundo complejo

Esta reflexión está precisamente en el origen del Experto Universitario «Educar el ser en un mundo complejo: Educación de la Interioridad», que se ofrece durante el curso 2026-2027 en el Campus Universitario La Salle de Madrid.

Una formación dirigida a educadores que quieran profundizar en la educación de la interioridad desde una perspectiva pedagógica y antropológica.

Porque quizá uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo no sea solamente conseguir que nuestros alumnos sepan más, sino ayudarles a ser más plenamente personas.

A descubrir su mundo interior.
A vivir con más libertad.
A encontrar sentido.
Y a aprender que, en lo más profundo de nosotros mismos, puede comenzar también el encuentro con Dios.

Educar el ser.
En un mundo complejo.
Para una vida con sentido.

👉 Más información sobre el Experto Universitario en Educación de la Interioridad