Hay películas que se ven. Y hay películas que, de alguna manera, uno habita.
El sábado, 26 de septiembre, gracias a la
invitación de dos amigos muy queridos, acabamos sentados entre el público del
cubo 2 del Kursaal, para asistir a la entrega del Premio DAMA de la Juventud y,
después, ver la película. Tuve entonces la sensación de estar ante una de esas
obras que no terminan cuando aparecen los créditos. La ilusión de un verano
sin fin (The Illusion of an Everlasting Summer), de la fotógrafa y
cineasta argentina Alessandra Sanguinetti, es mucho más que un documental
rodado durante veinticinco años sobre la vida de dos niñas en la pampa
argentina.
Es una película sobre el tiempo, la amistad, la
infancia que se escapa y los sueños que permanecen o se transforman. Pero,
sobre todo, es una película que cuestiona la lógica del Gestell: esa
forma de mirar el mundo que convierte la tierra, el tiempo, las relaciones y
las personas en recursos disponibles. Frente a esta lógica, Sanguinetti propone
otra experiencia: esperar, contemplar y habitar.
La película recibió el Premio Horizontes Latinos
y el Premio DAMA de la Juventud. Sin embargo, su verdadero eco no estaba
solamente en los premios, sino en las palabras pronunciadas desde el escenario.
Una tesis que nace de la tierra
Alessandra Sanguinetti definió su película como una carta de amor al
campo argentino, a una belleza amenazada. Desde esa preocupación por los
territorios expuestos al despojo y la injerencia, pronunció unas palabras que
resonaron con fuerza en la gala de entrega de premios: "Y mi deseo es
que pueda seguir toda esa belleza sosteniéndose y que Estados Unidos saque las
garras de Argentina [...] También espero que Israel saque las garras de
Palestina y otros lugares porque, de lo contrario, vamos a ser nosotros
Palestina."
A su lado, la productora Julia Solomonoff completó el diagnóstico
denunciando la deriva mercantilista que todo lo engulle: "En un momento
en que en la Argentina todo lo común está siendo valorado únicamente como
mercancía, la película es también una manera de defender la tierra como fuente
de vida y de saber, y la cultura como valor simbólico."
Esas palabras permiten formular la pregunta central de la película: ¿qué
ocurre cuando dejamos de percibir la tierra como un mundo compartido y empezamos
a tratarla como un conjunto de recursos disponibles?
En La pregunta por la técnica, Martin Heidegger denomina Gestell
a la estructura que hace que lo real aparezca como algo que debe ser calculado,
organizado y puesto a disposición. No critica solamente las máquinas, sino la
posibilidad de que la mirada técnica se convierta en la forma dominante de
revelar la realidad. Así, la montaña puede dejar de aparecer como montaña y
convertirse en reserva de mineral; el río, en fuente de energía; el bosque, en
madera disponible; la tierra, en suelo productivo.
En esa lógica, podríamos decirlo así: lo real corre el riesgo de valer
únicamente en la medida en que puede ser utilizado.
La película de Sanguinetti puede leerse como una
resistencia a esa lógica, no mediante un discurso abstracto, sino a través de
una forma distinta de mirar: permanece durante veinticinco años junto a dos
niñas y deja que sus vidas se muestren sin quedar reducidas a una función, una
cifra o un resultado.
La espera como resistencia
Hay una forma de mirar que pregunta: ¿Para qué
me puede servir esto?
Y hay otra forma de mirar que pregunta: ¿Qué
es esto? ¿Qué historia guarda? ¿Qué vida sostiene? ¿Qué misterio encierra?
La primera calcula y quiere disponer. La segunda
contempla y trata de comprender.
Aquí la película La ilusión de un verano sin
fin resulta especialmente significativa. Sanguinetti ha hecho algo poco
rentable para la lógica de nuestro tiempo: esperar.
Esperar durante veinticinco años. Volver. Mirar.
Dejar que dos niñas crezcan, jueguen, sueñen, se enamoren, trabajen, sean
madres y tomen caminos diferentes.
Veinticinco años para contar algo que nuestra
cultura querría resumir en unos pocos minutos.
Hay en ese gesto algo profundamente
contracultural. Vivimos bajo una presión constante por acelerar donde todo
tiene que producir, generar y justificar su utilidad. También el tiempo, las
relaciones, la educación, el arte y la naturaleza.
Quizá por esto esta película resulte tan
perturbadora: porque no quiere conquistar el tiempo, quiere recibirlo. No
pretende arrancarle a la realidad una respuesta inmediata, simplemente la
acompaña.
Su duración se convierte así en una forma de
resistencia frente al Gestell: allí donde la lógica de la disponibilidad
exige resultados, la película introduce espera; allí donde el cálculo busca
apropiarse de la experiencia, ella permite que la experiencia se despliegue.
El arte puede abrir precisamente ese
espacio en el que las cosas vuelvan a aparecer sin quedar reducidas a su
utilidad. No se trata de convertir la vida en poesía, sino de algo más radical:
aprender a habitar la realidad que vivimos.
Habitar no es poseer
Este verbo une
la Pampa argentina, Heidegger y la pantalla del Kursaal: habitar.
Habitar no es
poseer ni dominar un territorio. Significa entrar en relación con un lugar que
nos precede y que, de alguna manera, nos acoge.
La Pampa no
aparece únicamente como escenario. Es casi un personaje. Las protagonistas
crecen, juegan, sueñan y construyen sus recuerdos en ella.
La tierra deja
de ser paisaje y se convierte en hogar.
En este punto
recuerdo el blog Regreso a casa —nuestra casa—, de Elena Andrés Suárez,
experta en Interioridad. Habitar la casa no consiste solo en ocupar un espacio,
sino en reconocerlo como lugar de presencia, cuidado y encuentro. Algo
semejante ocurre con la tierra: solo podemos cuidarla verdaderamente cuando
dejamos de verla como una cosa disponible y empezamos a recibirla como casa.
De hecho, esta
misma sabiduría contemplativa atraviesa la tradición evangélica. Jesús invita
no a dominar la vida, sino a contemplarla y acogerla. Invita a mirar las aves
del cielo y a contemplar cómo crecen los lirios del campo, recordándonos que la
vida desborda siempre nuestra capacidad de control. Y cuando habla del Reino,
recurre a la imagen de una semilla que crece lentamente, incluso mientras el
sembrador duerme, sin que este sepa cómo sucede. No todo puede ser controlado,
acelerado o puesto a nuestra disposición. Hay realidades que necesitan tiempo,
acogida y espera.
También el
cuarto evangelio volverá sobre esta lógica con una palabra decisiva:
permanecer. “Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4). Contemplar, esperar
y permanecer son, desde esta perspectiva, gestos que se sitúan en las antípodas
de una existencia dominada por la prisa y la disponibilidad absoluta.
Quizá una de
las grandes heridas de nuestro tiempo sea que hemos aprendido a desplazarnos
por el mundo con enorme eficacia, pero estamos olvidando cómo habitarlo.
Podemos fotografiarlo todo y contemplar muy poco; acumular información sobre un
territorio y desconocer la historia de quienes lo habitan.
La película
muestra que habitar implica aceptar la duración, la vulnerabilidad y la
transformación. Las protagonistas no son objetos de observación ni símbolos
disponibles para una tesis: son vidas que cambian, se contradicen y desbordan
cualquier intento de fijarlas. Precisamente por eso la película resiste la
lógica del Gestell: no convierte la existencia en material utilizable,
sino que la deja conservar su densidad y su misterio.
Del hogar amenazado al Gestell planetario
Por eso la expresión “Gestell planetario”
resulta más sugerente que una denuncia dirigida exclusivamente contra un país,
una empresa o una ideología.
La lógica de la disponibilidad puede aparecer en
el capitalismo, pero también en nuestra manera cotidiana de consumir; en las
grandes corporaciones, pero también en nuestras pequeñas decisiones; en la
explotación de una tierra lejana, pero también en la manera en que utilizamos
nuestro propio tiempo.
El Gestell también es una tentación que
atraviesa nuestra propia mirada. Tenemos que atrevernos a preguntarnos:
- ¿Cuándo convierto a las personas en recursos?
- ¿Cuándo convierto mi tiempo en rendimiento?
- ¿Cuándo convierto una relación en utilidad?
- ¿Cuándo dejo de contemplar y empiezo simplemente a “disponer de”?
La amenaza que Sanguinetti señala en la Pampa no
es, por tanto, un problema aislado. Forma parte de una estructura más amplia
que transforma los territorios en reservas, las comunidades en mercados y la
vida en materia administrable. La película comienza en un lugar concreto, pero
su pregunta alcanza al planeta entero: ¿qué mundo construimos cuando todo puede
ser puesto a “disposición de”?
El arte como espacio de resistencia
Quizá por eso importe tanto el cine. No porque
pueda resolver nuestros problemas, sino porque puede cambiar nuestra mirada
sobre ellos.
Una película como La ilusión de un verano sin
fin no ofrece un programa económico ni político. Hace algo más sencillo y
profundo: nos obliga a contemplar, a mirar a dos niñas, cómo pasan los años,
cómo cambian sus cuerpos y sus sueños, cómo una tierra sostiene una vida que no
puede reducirse a una cifra.
La resistencia que ofrece esta película no
consiste en oponer una consigna a otra, sino en modificar el modo en que
aparece lo real. La película no presenta la Pampa como una superficie
disponible, sino como una trama de vínculos, recuerdos, trabajos, pérdidas y
posibilidades. No presenta a las protagonistas como recursos narrativos, sino
como personas cuya existencia no se agota en lo que producen ni en lo que
representan.
Y es que allí donde está el peligro puede crecer
también lo que salva. El arte puede abrir otro modo de desvelamiento, no porque
sea una solución mágica, sino porque nos devuelve la capacidad de asombro.
Y quizá el asombro sea el comienzo de una
relación diferente con el mundo. Allí donde aparece el asombro, la realidad
deja de ser completamente transparente a nuestros fines. Ya no es solo algo que
podemos usar: es algo ante lo que debemos detenernos.
Del Kursaal a la Pampa
Salí del Kursaal pensando que había visto una
película sobre dos niñas de la Pampa argentina. Ahora pienso que había visto
algo más: una defensa silenciosa de otra manera de estar en el mundo y una
crítica profunda de la mirada que convierte todo en reserva disponible.
Frente a esa inercia, la obra nos ofrece una
alternativa urgente:
- Frente a la prisa, la espera.
- Frente al cálculo, la contemplación.
- Frente a la explotación, el cuidado.
- Frente a la disponibilidad absoluta, el respeto por aquello que no
puede ser poseído.
- Frente al expolio, el habitar.
Y frente a una cultura que pregunta
constantemente “¿para qué sirve?”, quizá necesitemos recuperar otra pregunta: “¿Qué
es esto que tengo delante?”
Cuando dejamos de preguntar para qué podemos
utilizar una realidad y comenzamos a preguntarnos qué significa, qué historia
contiene y qué relación nos une a ella, quizá estamos empezando a salir, aunque
sea por un instante, de la lógica del Gestell.
No se trata de abandonar toda técnica ni de
idealizar un pasado sin conflictos. Se trata de impedir que la disponibilidad
se convierta en el único modo de habitar el mundo. La película no propone
escapar de la historia, sino aprender a permanecer en ella sin reducirla a
rendimiento.
Quizá eso sea también habitar poéticamente.
Y quizá por eso una historia que echó a andar
hace un cuarto de siglo en la Pampa termina interpelándonos de un modo tan
íntimo desde la pantalla del Kursaal. Interpela nuestro modo de mirar, de
cuidar y de estar en el mundo. En última instancia, nos devuelve un
interrogante decisivo:
¿Seremos capaces de seguir siendo habitantes de
la Tierra, o acabaremos transformados —junto con ella— en un simple recurso
disponible?