domingo, 25 de octubre de 2026

Razones para la esperanza: tres miradas al futuro de la humanidad.

 

Un espacio de oxígeno para la esperanza

¿En qué mundo queremos vivir? Una reflexión a partir de los Premios Princesa de Asturias

¿En qué mundo queremos vivir?

Hay preguntas que, cuando se formulan en el momento adecuado, tienen la capacidad de detenernos. Nos obligan a levantar la vista de la rutina, a tomar distancia del ruido cotidiano y a preguntarnos qué dirección estamos dando a nuestra vida y a nuestra sociedad.

Durante la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, celebrada en Oviedo, la princesa Leonor puso voz a algunas de las inquietudes de su generación: cómo mantener el entusiasmo en tiempos de desencanto, cómo afrontar la incertidumbre, las desigualdades, los conflictos y los extremismos, y cómo seguir confiando en el futuro cuando tantas cosas parecen ponerlo en cuestión.

Mientras escuchaba sus palabras y los discursos de los galardonados, tuve una sensación inesperada.

Durante el tiempo que duró este acto, se abrió un espacio de oxígeno para la esperanza.

Y no hablo de una esperanza ingenua. No de la convicción de que todo acabará saliendo bien por sí solo. Hablo de algo más humilde y, al mismo tiempo, más exigente: la capacidad de reconocer, incluso en medio de las dificultades, que siguen existiendo motivos para confiar en el ser humano y razones para comprometerse con el futuro.

Los problemas no habían desaparecido. Las guerras no se habían detenido ni las divisiones habían dejado de existir. Tampoco nadie ofrecía soluciones sencillas para cuestiones enormemente complejas.

Fue algo diferente.

En medio de un tiempo marcado por la polarización, el desencanto y la sensación constante de crisis, escuché a varias personas recordar que la humanidad sigue siendo capaz de cooperar, de crear, de comprender y de construir algo mejor.

De todos los discursos, tres me resultaron especialmente significativos. Tres voces muy distintas que, desde la exploración espacial, la historia y la literatura, parecían responder a una misma pregunta: ¿por qué merece la pena seguir esperando y qué podemos hacer para construir el mundo en el que queremos vivir?

Compartimos la misma nave

La astronauta Christina Koch ofreció una de las imágenes más hermosas de toda la ceremonia.

Su reflexión no partía de una teoría, sino de una experiencia personal. La primera vez que estuvo en España acababa de graduarse, trabajaba como ingeniera de la NASA y soñaba con convertirse en astronauta. Mientras visitaba a su hermana, que estudiaba en nuestro país, leyó la noticia de la tragedia del transbordador Columbia, en la que murieron los astronautas a los que admiraba.

Aquel día comprendió que la exploración espacial era mucho más que una aventura científica o una hazaña de un país. Era una empresa capaz de conmover a toda la humanidad. Aquellos astronautas eran embajadores de la Tierra y su pérdida se sentía mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos.

Diez años después recibió la llamada que le ofrecía formar parte de una tripulación espacial. Aceptó aquel privilegio consciente de su dimensión universal: cuando unas personas abandonan nuestro planeta, explicó, el mundo entero las lleva en su corazón. Y eso comporta una responsabilidad.

Por eso, cuando la tripulación de Artemis II definió sus valores fundamentales, adoptó un lema que expresaba aquella convicción: «Una misión de todos y para todos».

Trece años después de aquella primera experiencia en España, Koch volvió a emocionarse. Esta vez se encontraba a unos cuatrocientos mil kilómetros de la Tierra, durante el viaje alrededor de la Luna. En una videollamada, su marido le contó que estaba ocurriendo algo esperanzador «aquí abajo»: personas que se unían, más allá de su procedencia, sus ideas políticas, su educación o sus recursos económicos. Aquella noticia la conmovió porque expresaba algo que siempre había deseado: que una misión espacial pudiera despertar también una forma de unión humana en nuestro propio planeta.

Y nos dejó una invitación tan sencilla como profunda:

«No esperen a la próxima misión a la Luna para darse cuenta de que sus semejantes son sus compañeros de tripulación».

Hay frases que uno escucha y permanecen resonando durante mucho tiempo.

Vivimos en una época en la que con demasiada facilidad clasificamos a las personas entre quienes piensan como nosotros y quienes no, entre aliados y adversarios, entre los nuestros y los demás. A menudo parece que necesitamos encontrar diferencias antes incluso de descubrir qué compartimos.

Sin embargo, la mirada de la astronauta nos recuerda una verdad elemental: compartimos una misma casa y un mismo destino.

Los problemas que amenazan nuestra convivencia y nuestro planeta no entienden de fronteras. El futuro no puede construirse de espaldas a los demás. Y la dignidad de una persona no depende de que piense como nosotros, vote como nosotros o pertenezca a nuestro grupo.

Koch fue todavía más lejos. Nos invitó a elegir el mundo en el que queremos vivir en cada interacción, en cada calle. No se trata únicamente de esperar grandes acuerdos internacionales o gestos extraordinarios. También se trata de decidir cómo miramos, cómo hablamos y cómo tratamos a quienes encontramos cada día.

No necesitamos viajar al espacio para descubrir que los demás son nuestros compañeros de viaje. Basta con aprender a mirarlos de otra manera.

Quizá la esperanza comience precisamente ahí: cuando dejamos de ver adversarios y empezamos a reconocer compañeros de tripulación.

La lección del tiquitaca

El historiador Timothy Garton Ash abordó una preocupación distinta, aunque profundamente relacionada con la anterior: el futuro de Europa y la defensa de la libertad.

Su discurso no fue ingenuo. Recordó que, en torno al año 2005, Europa había alcanzado un momento extraordinario de libertad, paz e integración. Sin embargo, las sucesivas crisis y las amenazas externas e internas han puesto en cuestión muchos de aquellos logros. La guerra en Ucrania, los autoritarismos y los populismos muestran que la libertad y la convivencia democrática no están garantizadas para siempre.

Ante esta situación, Garton Ash propuso tres claves para defender, reformar y ampliar una Europa libre: la verdad, la confianza y el tiquitaca.

La primera es la verdad. El historiador alertó de un tiempo en el que las redes sociales, la inteligencia artificial, las potencias hostiles y algunas personas con poder pueden contribuir a difundir engaños y confusión. Frente a ello, reivindicó la búsqueda rigurosa de la verdad, sustentada en el examen crítico de las pruebas y en hechos contrastados.

No es una cuestión secundaria. Cuando dejamos de distinguir entre los hechos y las falsedades, cuando solo escuchamos aquello que confirma nuestras opiniones, el diálogo se vuelve casi imposible. La convivencia necesita personas capaces de contrastar la información, escuchar otros argumentos y revisar sus propias convicciones.

La segunda clave es la confianza. Garton Ash señaló que las democracias liberales atraviesan una profunda crisis de confianza, especialmente entre los jóvenes. Recuperarla exige buenas políticas, pero también instituciones respetadas, capaces de adaptarse, y personas dispuestas a contribuir al bien común desde los distintos ámbitos de la sociedad.

La confianza no se decreta. Se construye con honestidad, responsabilidad, coherencia y una disposición real a escuchar al otro.

Y entonces llegó la tercera clave, la más inesperada: el tiquitaca.

La referencia al fútbol tenía un significado especial en una ceremonia en la que estaba presente Leo Messi, pero encerraba una lección que va mucho más allá del deporte. Garton Ash explicó que el éxito requiere tanto del talento individual como de un trabajo en equipo sofisticado. En el tiquitaca, cada jugador tiene su función y su capacidad, pero el juego alcanza su belleza cuando todos se entienden, anticipan los movimientos de los demás y hacen circular el balón pensando en el conjunto.

Su deseo para Europa era precisamente ese: que sus naciones, Estados y regiones supieran combinar diversidad y unidad. Que cada uno pudiera aportar su singularidad sin convertirla en un obstáculo para los demás.

Mientras escuchaba esta metáfora, pensaba que no solo sirve para Europa.

Sirve para nuestras escuelas.
Sirve para nuestras comunidades.
Sirve para nuestras familias.
Sirve para nuestras sociedades.

Vivimos en una cultura que premia la visibilidad individual. Desde pequeños recibimos mensajes que nos animan a destacar, competir y sobresalir. Pero las grandes conquistas humanas rara vez son obra de una sola persona.

La ciencia avanza gracias a equipos. La educación es una tarea compartida. Las sociedades democráticas necesitan confianza. La convivencia se construye entre personas diferentes que aprenden a trabajar juntas.

Quizá necesitamos recuperar el valor de una palabra que parece sencilla, pero que resulta cada vez más difícil de practicar: cooperación.

Cooperar no significa pensar todos igual. Significa aprender a construir algo juntos, incluso cuando existen diferencias, porque hay objetivos que merecen más que nuestras rivalidades.

El futuro no depende solo del talento que cada uno acumule individualmente, sino de nuestra capacidad para ponerlo al servicio de un proyecto común.

También la esperanza necesita comunidad. Rara vez nace del aislamiento. Casi siempre crece allí donde aprendemos a confiar, colaborar y construir algo juntos.

Las verdades que no envejecen

El escritor Julian Barnes aportó una reflexión distinta, pero igualmente necesaria.

Cuando era joven, daba por sentado que las artes, como la ciencia, la tecnología, la sociedad y la política, avanzaban de manera inevitable. La historia del arte y de la literatura parecía confirmar ese progreso: cada etapa sucedía a la anterior, cada movimiento abría nuevas posibilidades y lo más novedoso parecía, casi por definición, mejor.

Con el tiempo, Barnes dejó de compartir esa idea. Ya no considera que cada evolución artística mejore necesariamente la precedente. La novedad no equivale siempre a progreso.

Para explicar su manera de entender la cultura, propuso una imagen preciosa: la de una gran mesa redonda en la que los artistas de distintas épocas pudieran conversar entre sí. Imaginó a Renoir preguntando a Velázquez cómo había pintado sus cuadros, a Voltaire rectificando su juicio sobre Shakespeare y a Flaubert expresando su admiración por Cervantes.

La imagen nos invita a contemplar la cultura no como una carrera en la que cada generación deja atrás a la anterior, sino como una conversación que continúa a lo largo del tiempo. Las obras cambian, las formas de expresión se transforman y cada época aporta su mirada, pero seguimos encontrándonos con preguntas que atraviesan los siglos.

Al presentar a Barnes, la princesa Leonor recordó una expresión con la que el escritor se describe a sí mismo: «un optimista melancólico y un pesimista alegre». La paradoja resulta sugerente. Tal vez podamos reconocer las sombras de la existencia sin renunciar a la emoción, al humor, a la belleza y a la posibilidad de encontrar sentido.

Porque, en el fondo, seguimos preguntándonos quiénes somos, cómo amar, cómo afrontar la pérdida, cómo convivir con el sufrimiento y cómo encontrar sentido a nuestra existencia.

La tecnología cambia. Las circunstancias históricas cambian. Incluso cambian nuestras formas de comunicarnos y de entender el mundo. Pero hay preguntas fundamentales que no desaparecen.

Por eso seguimos leyendo grandes obras escritas hace siglos. Por eso seguimos necesitando la literatura, el arte y la cultura. No solo para adquirir conocimientos o entretenernos, sino también para comprender mejor la experiencia humana y reconocer algo de nosotros mismos en la vida de los demás.

A veces hablamos del progreso como si consistiera únicamente en descubrir algo nuevo. Sin embargo, quizá una parte esencial del progreso consista también en volver a descubrir aquello que nunca ha dejado de ser verdadero.

La dignidad humana.
La amistad.
La búsqueda de la verdad.
La compasión.
La justicia.
La esperanza.

No se trata de idealizar el pasado ni de renunciar a la innovación. Se trata de no confundir lo nuevo con lo mejor, ni la velocidad con la sabiduría. Podemos avanzar científicamente y, al mismo tiempo, necesitar aprender de nuevo a escuchar, cuidar, amar y convivir.

Hay verdades que no envejecen, aunque cada generación necesite volver a pronunciarlas con sus propias palabras.

Recuperar el oxígeno

Al terminar la ceremonia comprendí que lo que más me había conmovido no eran los premios en sí mismos. Era la imagen de humanidad que aparecía detrás de ellos.

Una astronauta que nos recuerda que compartimos destino y que podemos elegir, en cada encuentro cotidiano, el mundo en el que queremos vivir.

Un historiador que nos invita a defender la verdad, reconstruir la confianza y aprender a cooperar sin renunciar a nuestra diversidad.

Un escritor que nos ayuda a descubrir que el progreso no consiste únicamente en avanzar, sino también en mantener viva la conversación con las grandes preguntas de la existencia humana.

Ninguno de ellos ignoró los problemas de nuestro tiempo. Ninguno ofreció soluciones mágicas. Pero sus palabras me recordaron algo fundamental: merece la pena seguir aportando lo mejor de nosotros mismos.

Por eso, al apagar la televisión, me quedó una sensación difícil de describir.

Los problemas seguían ahí.
Las guerras seguían ahí.
Las incertidumbres también.

Pero durante ese acto de entrega de premios había contemplado otra cara de la realidad.

La de quienes exploran para ampliar nuestros horizontes.
La de quienes estudian el pasado para defender la libertad.
La de quienes escriben para ayudarnos a comprender mejor la condición humana.

Personas que nos recuerdan que compartimos una misma nave, que el futuro exige aprender a jugar en equipo y que hay verdades que merece la pena conservar y transmitir.

Quizá la esperanza no sea la certeza de que todo irá bien. Quizá sea algo más sencillo y más exigente: la decisión de seguir creyendo que nuestras acciones importan, que los demás no son nuestros enemigos inevitables y que siempre es posible aportar algo de luz en medio de la oscuridad.

Porque el mundo en el que queremos vivir no aparecerá de repente. Lo vamos construyendo cada día con nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Gracias a las voces de una astronauta, un historiador y un novelista, recordé que todavía existen razones para hacerlo con esperanza.

Un pequeño espacio de oxígeno.
El suficiente para seguir adelante.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Habitar la tierra frente a la lógica del recurso: LA ILUSIÓN DE UN VERANO SIN FIN

 Hay películas que se ven. Y hay películas que, de alguna manera, uno habita.

El sábado, 26 de septiembre, gracias a la invitación de dos amigos muy queridos, acabamos sentados entre el público del cubo 2 del Kursaal, para asistir a la entrega del Premio DAMA de la Juventud y, después, ver la película. Tuve entonces la sensación de estar ante una de esas obras que no terminan cuando aparecen los créditos. La ilusión de un verano sin fin (The Illusion of an Everlasting Summer), de la fotógrafa y cineasta argentina Alessandra Sanguinetti, es mucho más que un documental rodado durante veinticinco años sobre la vida de dos niñas en la pampa argentina.

Es una película sobre el tiempo, la amistad, la infancia que se escapa y los sueños que permanecen o se transforman. Pero, sobre todo, es una película que cuestiona la lógica del Gestell: esa forma de mirar el mundo que convierte la tierra, el tiempo, las relaciones y las personas en recursos disponibles. Frente a esta lógica, Sanguinetti propone otra experiencia: esperar, contemplar y habitar.

La película recibió el Premio Horizontes Latinos y el Premio DAMA de la Juventud. Sin embargo, su verdadero eco no estaba solamente en los premios, sino en las palabras pronunciadas desde el escenario.



Una tesis que nace de la tierra

Alessandra Sanguinetti definió su película como una carta de amor al campo argentino, a una belleza amenazada. Desde esa preocupación por los territorios expuestos al despojo y la injerencia, pronunció unas palabras que resonaron con fuerza en la gala de entrega de premios: "Y mi deseo es que pueda seguir toda esa belleza sosteniéndose y que Estados Unidos saque las garras de Argentina [...] También espero que Israel saque las garras de Palestina y otros lugares porque, de lo contrario, vamos a ser nosotros Palestina."

A su lado, la productora Julia Solomonoff completó el diagnóstico denunciando la deriva mercantilista que todo lo engulle: "En un momento en que en la Argentina todo lo común está siendo valorado únicamente como mercancía, la película es también una manera de defender la tierra como fuente de vida y de saber, y la cultura como valor simbólico."

Esas palabras permiten formular la pregunta central de la película: ¿qué ocurre cuando dejamos de percibir la tierra como un mundo compartido y empezamos a tratarla como un conjunto de recursos disponibles?

En La pregunta por la técnica, Martin Heidegger denomina Gestell a la estructura que hace que lo real aparezca como algo que debe ser calculado, organizado y puesto a disposición. No critica solamente las máquinas, sino la posibilidad de que la mirada técnica se convierta en la forma dominante de revelar la realidad. Así, la montaña puede dejar de aparecer como montaña y convertirse en reserva de mineral; el río, en fuente de energía; el bosque, en madera disponible; la tierra, en suelo productivo.

En esa lógica, podríamos decirlo así: lo real corre el riesgo de valer únicamente en la medida en que puede ser utilizado.

La película de Sanguinetti puede leerse como una resistencia a esa lógica, no mediante un discurso abstracto, sino a través de una forma distinta de mirar: permanece durante veinticinco años junto a dos niñas y deja que sus vidas se muestren sin quedar reducidas a una función, una cifra o un resultado.

La espera como resistencia

Hay una forma de mirar que pregunta: ¿Para qué me puede servir esto?

Y hay otra forma de mirar que pregunta: ¿Qué es esto? ¿Qué historia guarda? ¿Qué vida sostiene? ¿Qué misterio encierra?

La primera calcula y quiere disponer. La segunda contempla y trata de comprender.

Aquí la película La ilusión de un verano sin fin resulta especialmente significativa. Sanguinetti ha hecho algo poco rentable para la lógica de nuestro tiempo: esperar.

Esperar durante veinticinco años. Volver. Mirar. Dejar que dos niñas crezcan, jueguen, sueñen, se enamoren, trabajen, sean madres y tomen caminos diferentes.

Veinticinco años para contar algo que nuestra cultura querría resumir en unos pocos minutos.

Hay en ese gesto algo profundamente contracultural. Vivimos bajo una presión constante por acelerar donde todo tiene que producir, generar y justificar su utilidad. También el tiempo, las relaciones, la educación, el arte y la naturaleza.

Quizá por esto esta película resulte tan perturbadora: porque no quiere conquistar el tiempo, quiere recibirlo. No pretende arrancarle a la realidad una respuesta inmediata, simplemente la acompaña.

Su duración se convierte así en una forma de resistencia frente al Gestell: allí donde la lógica de la disponibilidad exige resultados, la película introduce espera; allí donde el cálculo busca apropiarse de la experiencia, ella permite que la experiencia se despliegue.

El arte puede abrir precisamente ese espacio en el que las cosas vuelvan a aparecer sin quedar reducidas a su utilidad. No se trata de convertir la vida en poesía, sino de algo más radical: aprender a habitar la realidad que vivimos.

Habitar no es poseer

Este verbo une la Pampa argentina, Heidegger y la pantalla del Kursaal: habitar.

Habitar no es poseer ni dominar un territorio. Significa entrar en relación con un lugar que nos precede y que, de alguna manera, nos acoge.

La Pampa no aparece únicamente como escenario. Es casi un personaje. Las protagonistas crecen, juegan, sueñan y construyen sus recuerdos en ella.

La tierra deja de ser paisaje y se convierte en hogar.

En este punto recuerdo el blog Regreso a casa —nuestra casa—, de Elena Andrés Suárez, experta en Interioridad. Habitar la casa no consiste solo en ocupar un espacio, sino en reconocerlo como lugar de presencia, cuidado y encuentro. Algo semejante ocurre con la tierra: solo podemos cuidarla verdaderamente cuando dejamos de verla como una cosa disponible y empezamos a recibirla como casa.

De hecho, esta misma sabiduría contemplativa atraviesa la tradición evangélica. Jesús invita no a dominar la vida, sino a contemplarla y acogerla. Invita a mirar las aves del cielo y a contemplar cómo crecen los lirios del campo, recordándonos que la vida desborda siempre nuestra capacidad de control. Y cuando habla del Reino, recurre a la imagen de una semilla que crece lentamente, incluso mientras el sembrador duerme, sin que este sepa cómo sucede. No todo puede ser controlado, acelerado o puesto a nuestra disposición. Hay realidades que necesitan tiempo, acogida y espera.

También el cuarto evangelio volverá sobre esta lógica con una palabra decisiva: permanecer. “Permaneced en mí y yo en vosotros” (Jn 15,4). Contemplar, esperar y permanecer son, desde esta perspectiva, gestos que se sitúan en las antípodas de una existencia dominada por la prisa y la disponibilidad absoluta.

Quizá una de las grandes heridas de nuestro tiempo sea que hemos aprendido a desplazarnos por el mundo con enorme eficacia, pero estamos olvidando cómo habitarlo. Podemos fotografiarlo todo y contemplar muy poco; acumular información sobre un territorio y desconocer la historia de quienes lo habitan.

La película muestra que habitar implica aceptar la duración, la vulnerabilidad y la transformación. Las protagonistas no son objetos de observación ni símbolos disponibles para una tesis: son vidas que cambian, se contradicen y desbordan cualquier intento de fijarlas. Precisamente por eso la película resiste la lógica del Gestell: no convierte la existencia en material utilizable, sino que la deja conservar su densidad y su misterio.

Del hogar amenazado al Gestell planetario

Por eso la expresión “Gestell planetario” resulta más sugerente que una denuncia dirigida exclusivamente contra un país, una empresa o una ideología.

La lógica de la disponibilidad puede aparecer en el capitalismo, pero también en nuestra manera cotidiana de consumir; en las grandes corporaciones, pero también en nuestras pequeñas decisiones; en la explotación de una tierra lejana, pero también en la manera en que utilizamos nuestro propio tiempo.

El Gestell también es una tentación que atraviesa nuestra propia mirada. Tenemos que atrevernos a preguntarnos:

  • ¿Cuándo convierto a las personas en recursos?
  • ¿Cuándo convierto mi tiempo en rendimiento?
  • ¿Cuándo convierto una relación en utilidad?
  • ¿Cuándo dejo de contemplar y empiezo simplemente a “disponer de”?

La amenaza que Sanguinetti señala en la Pampa no es, por tanto, un problema aislado. Forma parte de una estructura más amplia que transforma los territorios en reservas, las comunidades en mercados y la vida en materia administrable. La película comienza en un lugar concreto, pero su pregunta alcanza al planeta entero: ¿qué mundo construimos cuando todo puede ser puesto a “disposición de”?

El arte como espacio de resistencia

Quizá por eso importe tanto el cine. No porque pueda resolver nuestros problemas, sino porque puede cambiar nuestra mirada sobre ellos.

Una película como La ilusión de un verano sin fin no ofrece un programa económico ni político. Hace algo más sencillo y profundo: nos obliga a contemplar, a mirar a dos niñas, cómo pasan los años, cómo cambian sus cuerpos y sus sueños, cómo una tierra sostiene una vida que no puede reducirse a una cifra.

La resistencia que ofrece esta película no consiste en oponer una consigna a otra, sino en modificar el modo en que aparece lo real. La película no presenta la Pampa como una superficie disponible, sino como una trama de vínculos, recuerdos, trabajos, pérdidas y posibilidades. No presenta a las protagonistas como recursos narrativos, sino como personas cuya existencia no se agota en lo que producen ni en lo que representan.

Y es que allí donde está el peligro puede crecer también lo que salva. El arte puede abrir otro modo de desvelamiento, no porque sea una solución mágica, sino porque nos devuelve la capacidad de asombro.

Y quizá el asombro sea el comienzo de una relación diferente con el mundo. Allí donde aparece el asombro, la realidad deja de ser completamente transparente a nuestros fines. Ya no es solo algo que podemos usar: es algo ante lo que debemos detenernos.

Del Kursaal a la Pampa

Salí del Kursaal pensando que había visto una película sobre dos niñas de la Pampa argentina. Ahora pienso que había visto algo más: una defensa silenciosa de otra manera de estar en el mundo y una crítica profunda de la mirada que convierte todo en reserva disponible.

Frente a esa inercia, la obra nos ofrece una alternativa urgente:

  • Frente a la prisa, la espera.
  • Frente al cálculo, la contemplación.
  • Frente a la explotación, el cuidado.
  • Frente a la disponibilidad absoluta, el respeto por aquello que no puede ser poseído.
  • Frente al expolio, el habitar.

Y frente a una cultura que pregunta constantemente “¿para qué sirve?”, quizá necesitemos recuperar otra pregunta: “¿Qué es esto que tengo delante?”

Cuando dejamos de preguntar para qué podemos utilizar una realidad y comenzamos a preguntarnos qué significa, qué historia contiene y qué relación nos une a ella, quizá estamos empezando a salir, aunque sea por un instante, de la lógica del Gestell.

No se trata de abandonar toda técnica ni de idealizar un pasado sin conflictos. Se trata de impedir que la disponibilidad se convierta en el único modo de habitar el mundo. La película no propone escapar de la historia, sino aprender a permanecer en ella sin reducirla a rendimiento.

Quizá eso sea también habitar poéticamente.

Y quizá por eso una historia que echó a andar hace un cuarto de siglo en la Pampa termina interpelándonos de un modo tan íntimo desde la pantalla del Kursaal. Interpela nuestro modo de mirar, de cuidar y de estar en el mundo. En última instancia, nos devuelve un interrogante decisivo:

¿Seremos capaces de seguir siendo habitantes de la Tierra, o acabaremos transformados —junto con ella— en un simple recurso disponible?

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

PISA nos pregunta qué saben nuestros alumnos. Pero ¿quién les ayuda a descubrir quiénes son?

Los resultados de PISA vuelven a poner la educación delante del espejo. Pero quizá necesitamos hacernos una pregunta que ningún informe internacional puede responder.

PISA vuelve a poner la educación delante del espejo

Estos días volvemos a hablar de educación a partir de unos números.

El informe PISA 2025 sitúa a los estudiantes españoles en 451 puntos en comprensión lectora, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Respecto a la edición anterior, España pierde 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 7 en ciencias. Son resultados preocupantes y forman parte, además, de un retroceso que afecta también al conjunto de los países de la OCDE.

No podemos ignorar estos datos.

PISA nos está diciendo algo importante sobre nuestros sistemas educativos, sobre los aprendizajes, sobre las dificultades que están encontrando muchos adolescentes para leer, comprender, razonar y aplicar lo aprendido.

Y precisamente por eso merece la pena escucharlo.

Pero quizá, mientras miramos esas cifras, necesitamos hacernos otra pregunta.

Una pregunta que PISA no puede contestar.

¿Qué tipo de persona estamos ayudando a formar?

Podemos medir muchas cosas. Pero una persona es mucho más que lo que podemos medir

Podemos medir cuánto sabe un alumno.

Podemos comprobar si comprende un texto, si resuelve un problema matemático o si interpreta correctamente un fenómeno científico.

Podemos evaluar competencias, conocimientos, resultados y rendimiento.

Todo eso es importante.

Pero hay una realidad que difícilmente cabe en una tabla estadística.

Podemos saber cuánto sabe un alumno y, sin embargo, no saber quién está llegando a ser.

Podemos conocer sus resultados y desconocer qué hace con sus capacidades.

Podemos medir su rendimiento y no saber qué sentido tiene para él lo que aprende.

Porque educar no consiste solamente en ayudar a una persona a saber más.

También consiste en ayudarle a descubrir quién es, qué quiere hacer con su vida, qué merece la pena, cómo quiere vivir y para quién quiere poner sus capacidades al servicio de los demás.

Y aquí aparece una cuestión que quizá estamos dejando demasiado en segundo plano: La interioridad.

Nuestros alumnos viven hacia fuera

Nuestros alumnos viven inmersos en un mundo extraordinariamente estimulante: Pantallas. Mensajes. Vídeos. Redes sociales. Información constante. Opiniones. Comparaciones. Velocidad. Ruido.

Nunca habían tenido tanto acceso a información y, al mismo tiempo, quizá nunca habían necesitado tanto aprender a escucharse por dentro.

Porque saber lo que ocurre fuera no significa necesariamente saber lo que ocurre dentro.

Un adolescente puede estar permanentemente conectado y sentirse profundamente solo. Puede recibir cientos de mensajes y no saber qué piensa realmente. Por eso la pregunta sigue ahí:

¿Quién enseña a nuestros alumnos a escucharse a sí mismos?

La escuela no puede renunciar a educar a la persona entera

Hablar de interioridad no significa restar importancia a las matemáticas, a la lectura, a las ciencias o al conocimiento.

Todo lo contrario.

Necesitamos una educación exigente, rigurosa y de calidad.

Pero necesitamos también una educación que no reduzca a la persona a aquello que puede ser evaluado.

No se trata de elegir entre conocimiento y humanidad.

Se trata de educar ambas dimensiones.

Necesitamos educar la inteligencia y el corazón.
El conocimiento y el discernimiento.
La capacidad para resolver problemas y la capacidad para afrontar el sufrimiento.
La comunicación y la escucha.
El esfuerzo y la gratuidad.
El éxito y el sentido.

Porque una pregunta acompaña inevitablemente a cualquier aprendizaje: ¿Para qué?

¿Para qué quiero saber?
¿Para qué quiero mis capacidades?
¿Para qué quiero tener éxito?
¿Para qué quiero vivir?

Educar es también ayudar a una persona a descubrir cómo quiere habitar el mundo.

Y para eso hace falta el trabajo de la interioridad.

Educar el ser

Quizá una de las grandes tareas educativas de nuestro tiempo sea precisamente esta: educar el ser.

Ayudar a nuestros alumnos a hacerse preguntas que no aparecen en los exámenes:

¿Quién soy?
¿Qué me mueve?
¿Qué estoy buscando?
¿Qué me hace feliz de verdad?
¿Qué lugar ocupa el otro en mi vida?
¿Cómo reacciono cuando fracaso?
¿Sé estar en silencio?
¿Soy capaz de escuchar?
¿Qué hago con mis heridas?
¿En qué creo?
¿Qué sentido tiene mi vida?

Estas preguntas probablemente nunca aparecerán en un informe PISA.

Y, sin embargo, pertenecen a una dimensión esencial de la educación.

Porque detrás de cada alumno hay una persona.

Y detrás de cada persona hay una historia, unos deseos, unos miedos, unas capacidades, unas heridas, unas posibilidades y una pregunta profunda por el sentido.

Y aquí aparece una palabra del Evangelio

Hay una frase de Jesús que adquiere una fuerza especial cuando pensamos en la educación:

     «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mc 8,36)

Podríamos traducirla hoy a nuestro lenguaje educativo:

¿De qué le sirve a un alumno saber mucho si no sabe quién es?
¿De qué le sirve alcanzar buenos resultados si no sabe para qué quiere vivir?
¿De qué le sirve conquistar el mundo exterior si nunca ha aprendido a habitar su mundo interior?

No se trata de despreciar el conocimiento.

Se trata de recordar que el conocimiento necesita un horizonte de sentido.

«Marta, Marta…»

Hay otra escena del Evangelio que me resulta especialmente sugerente para nuestro tiempo.

Marta está ocupada. Hace muchas cosas. Atiende. Organiza. Se mueve. Resuelve.

Y Jesús le dice:

   «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria.» (Lc 10,41-42)

¿No es también una imagen de nuestra manera de educar?

Vivimos llenos de tareas. Programaciones. Reuniones. Evaluaciones. Informes. Proyectos. Pantallas. Urgencias. Objetivos. Indicadores.

Y, en medio de todo ello, quizá necesitamos recuperar algo aparentemente muy sencillo y, sin embargo, revolucionario: pararnos. Hacer silencio. Escuchar. Mirar hacia dentro. Preguntarnos qué está pasando en nuestro corazón. Preguntarnos qué está pasando en el corazón de nuestros alumnos.

Porque no todo lo importante hace ruido.

La pregunta más incómoda: ¿quién educa la interioridad del educador?

Aquí aparece una cuestión que no podemos esquivar. La interioridad del alumno comienza también en la interioridad del educador.

No podemos enseñar a detenerse si nosotros vivimos permanentemente acelerados.
No podemos invitar a escuchar si nosotros no sabemos escuchar.
No podemos acompañar procesos interiores si nunca hemos recorrido el nuestro.

La interioridad no es una técnica. No es una dinámica más. No consiste solamente en aprender algunas actividades de relajación, silencio o atención.

Es algo mucho más profundo. Es una manera de situarse ante uno mismo, ante los demás, ante la realidad y, para quien cree, ante Dios. Por eso, en educación, la interioridad no se enseña solamente. Se contagia.

Educar la interioridad es educar para la libertad

Una persona que no conoce su mundo interior corre el riesgo de vivir permanentemente desde fuera. Desde lo que otros esperan. Desde lo que las redes muestran. Desde la necesidad de aprobación. Desde la comparación. Desde la prisa. Desde el miedo. Desde el último estímulo recibido.

La interioridad abre un espacio diferente. El espacio de la libertad. Porque entrar dentro de uno mismo no significa encerrarse en uno mismo. Significa poder descubrir quién soy para poder relacionarme con el mundo y con los demás de una manera más libre, más consciente y más humana.

San Agustín lo expresó con una intuición que conserva toda su fuerza:

«No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad.» (De la verdadera religión, 39,72)

Y resulta especialmente significativo que esta misma intuición haya sido retomada recientemente por el papa León XIV, que anima a aprender a detenerse y a crear espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.

PISA nos hace una llamada. Pero necesitamos escuchar otra

No necesitamos elegir entre PISA y la interioridad. Necesitamos ambas cosas.

Necesitamos conocer qué está ocurriendo con nuestros aprendizajes y, al mismo tiempo, atrevernos a mirar más profundamente qué está ocurriendo con nuestros alumnos.

PISA puede mostrarnos cuánto están aprendiendo, pero hay preguntas que van más allá:

¿Quiénes están llegando a ser?
¿Qué están aprendiendo sobre sí mismos?
¿Qué están aprendiendo sobre los demás?
¿Qué lugar ocupa el sentido en sus vidas?
¿Qué les sostiene cuando llegan las dificultades?
¿Dónde encuentran esperanza?
¿Son capaces de detenerse?
¿De escuchar?
¿De discernir?
¿De descubrir lo que merece la pena?

Esas preguntas no aparecen fácilmente en un informe.

Pero quizá pertenecen al corazón mismo de la educación.

Saber, hacer… y ser

Durante mucho tiempo hemos hablado de saber.

Después aprendimos a insistir también en el saber hacer.

Hoy quizá necesitamos recuperar con fuerza una tercera dimensión: saber ser.

Porque una educación verdaderamente integral no puede conformarse con formar alumnos competentes. Necesita ayudar a formar personas.

Personas capaces de conocerse.
De cuidar su mundo interior.
De discernir.
De relacionarse.
De afrontar la dificultad.
De descubrir un sentido.
De ponerse al servicio de los demás.

Y, para quienes vivimos la fe cristiana, de descubrir que en lo más profundo del corazón no estamos solos.

Hay una Presencia que espera.
Un Dios que llama.
Un Jesús que sale a nuestro encuentro.
Un Maestro interior que invita a vivir desde dentro para poder entregarnos hacia fuera.

¿Estamos educando para saber o también para SER?

Quizá esta sea la pregunta que deberíamos hacernos como educadores.

No para abandonar los conocimientos.
No para renunciar a la exigencia.
No para despreciar los resultados.

Sino para recordar a quiénes estamos educando.

Nuestros alumnos necesitan aprender a leer, a calcular, a investigar, a argumentar y a resolver problemas.

Pero también necesitan aprender a escucharse. A detenerse. A reconocer lo que sienten. A discernir. A descubrir quiénes son. A preguntarse para qué quieren vivir.

Y a encontrar un lugar interior desde el que puedan mirar el mundo con más libertad y más esperanza.

PISA nos pregunta qué saben nuestros alumnos.

Tal vez nosotros tengamos que hacernos otra pregunta:

¿Quién les está ayudando a descubrir quiénes son?


Educar el ser en un mundo complejo

Esta reflexión está precisamente en el origen del Experto Universitario «Educar el ser en un mundo complejo: Educación de la Interioridad», que se ofrece durante el curso 2026-2027 en el Campus Universitario La Salle de Madrid.

Una formación dirigida a educadores que quieran profundizar en la educación de la interioridad desde una perspectiva pedagógica y antropológica.

Porque quizá uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo no sea solamente conseguir que nuestros alumnos sepan más, sino ayudarles a ser más plenamente personas.

A descubrir su mundo interior.
A vivir con más libertad.
A encontrar sentido.
Y a aprender que, en lo más profundo de nosotros mismos, puede comenzar también el encuentro con Dios.

Educar el ser.
En un mundo complejo.
Para una vida con sentido.

👉 Más información sobre el Experto Universitario en Educación de la Interioridad