miércoles, 9 de septiembre de 2026

PISA nos pregunta qué saben nuestros alumnos. Pero ¿quién les ayuda a descubrir quiénes son?

Los resultados de PISA vuelven a poner la educación delante del espejo. Pero quizá necesitamos hacernos una pregunta que ningún informe internacional puede responder.

PISA vuelve a poner la educación delante del espejo

Estos días volvemos a hablar de educación a partir de unos números.

El informe PISA 2025 sitúa a los estudiantes españoles en 451 puntos en comprensión lectora, 457 en matemáticas y 477 en ciencias. Respecto a la edición anterior, España pierde 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 7 en ciencias. Son resultados preocupantes y forman parte, además, de un retroceso que afecta también al conjunto de los países de la OCDE.

No podemos ignorar estos datos.

PISA nos está diciendo algo importante sobre nuestros sistemas educativos, sobre los aprendizajes, sobre las dificultades que están encontrando muchos adolescentes para leer, comprender, razonar y aplicar lo aprendido.

Y precisamente por eso merece la pena escucharlo.

Pero quizá, mientras miramos esas cifras, necesitamos hacernos otra pregunta.

Una pregunta que PISA no puede contestar.

¿Qué tipo de persona estamos ayudando a formar?

Podemos medir muchas cosas. Pero una persona es mucho más que lo que podemos medir

Podemos medir cuánto sabe un alumno.

Podemos comprobar si comprende un texto, si resuelve un problema matemático o si interpreta correctamente un fenómeno científico.

Podemos evaluar competencias, conocimientos, resultados y rendimiento.

Todo eso es importante.

Pero hay una realidad que difícilmente cabe en una tabla estadística.

Podemos saber cuánto sabe un alumno y, sin embargo, no saber quién está llegando a ser.

Podemos conocer sus resultados y desconocer qué hace con sus capacidades.

Podemos medir su rendimiento y no saber qué sentido tiene para él lo que aprende.

Porque educar no consiste solamente en ayudar a una persona a saber más.

También consiste en ayudarle a descubrir quién es, qué quiere hacer con su vida, qué merece la pena, cómo quiere vivir y para quién quiere poner sus capacidades al servicio de los demás.

Y aquí aparece una cuestión que quizá estamos dejando demasiado en segundo plano: La interioridad.

Nuestros alumnos viven hacia fuera

Nuestros alumnos viven inmersos en un mundo extraordinariamente estimulante: Pantallas. Mensajes. Vídeos. Redes sociales. Información constante. Opiniones. Comparaciones. Velocidad. Ruido.

Nunca habían tenido tanto acceso a información y, al mismo tiempo, quizá nunca habían necesitado tanto aprender a escucharse por dentro.

Porque saber lo que ocurre fuera no significa necesariamente saber lo que ocurre dentro.

Un adolescente puede estar permanentemente conectado y sentirse profundamente solo. Puede recibir cientos de mensajes y no saber qué piensa realmente. Por eso la pregunta sigue ahí:

¿Quién enseña a nuestros alumnos a escucharse a sí mismos?

La escuela no puede renunciar a educar a la persona entera

Hablar de interioridad no significa restar importancia a las matemáticas, a la lectura, a las ciencias o al conocimiento.

Todo lo contrario.

Necesitamos una educación exigente, rigurosa y de calidad.

Pero necesitamos también una educación que no reduzca a la persona a aquello que puede ser evaluado.

No se trata de elegir entre conocimiento y humanidad.

Se trata de educar ambas dimensiones.

Necesitamos educar la inteligencia y el corazón.
El conocimiento y el discernimiento.
La capacidad para resolver problemas y la capacidad para afrontar el sufrimiento.
La comunicación y la escucha.
El esfuerzo y la gratuidad.
El éxito y el sentido.

Porque una pregunta acompaña inevitablemente a cualquier aprendizaje: ¿Para qué?

¿Para qué quiero saber?
¿Para qué quiero mis capacidades?
¿Para qué quiero tener éxito?
¿Para qué quiero vivir?

Educar es también ayudar a una persona a descubrir cómo quiere habitar el mundo.

Y para eso hace falta el trabajo de la interioridad.

Educar el ser

Quizá una de las grandes tareas educativas de nuestro tiempo sea precisamente esta: educar el ser.

Ayudar a nuestros alumnos a hacerse preguntas que no aparecen en los exámenes:

¿Quién soy?
¿Qué me mueve?
¿Qué estoy buscando?
¿Qué me hace feliz de verdad?
¿Qué lugar ocupa el otro en mi vida?
¿Cómo reacciono cuando fracaso?
¿Sé estar en silencio?
¿Soy capaz de escuchar?
¿Qué hago con mis heridas?
¿En qué creo?
¿Qué sentido tiene mi vida?

Estas preguntas probablemente nunca aparecerán en un informe PISA.

Y, sin embargo, pertenecen a una dimensión esencial de la educación.

Porque detrás de cada alumno hay una persona.

Y detrás de cada persona hay una historia, unos deseos, unos miedos, unas capacidades, unas heridas, unas posibilidades y una pregunta profunda por el sentido.

Y aquí aparece una palabra del Evangelio

Hay una frase de Jesús que adquiere una fuerza especial cuando pensamos en la educación:

     «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mc 8,36)

Podríamos traducirla hoy a nuestro lenguaje educativo:

¿De qué le sirve a un alumno saber mucho si no sabe quién es?
¿De qué le sirve alcanzar buenos resultados si no sabe para qué quiere vivir?
¿De qué le sirve conquistar el mundo exterior si nunca ha aprendido a habitar su mundo interior?

No se trata de despreciar el conocimiento.

Se trata de recordar que el conocimiento necesita un horizonte de sentido.

«Marta, Marta…»

Hay otra escena del Evangelio que me resulta especialmente sugerente para nuestro tiempo.

Marta está ocupada. Hace muchas cosas. Atiende. Organiza. Se mueve. Resuelve.

Y Jesús le dice:

   «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria.» (Lc 10,41-42)

¿No es también una imagen de nuestra manera de educar?

Vivimos llenos de tareas. Programaciones. Reuniones. Evaluaciones. Informes. Proyectos. Pantallas. Urgencias. Objetivos. Indicadores.

Y, en medio de todo ello, quizá necesitamos recuperar algo aparentemente muy sencillo y, sin embargo, revolucionario: pararnos. Hacer silencio. Escuchar. Mirar hacia dentro. Preguntarnos qué está pasando en nuestro corazón. Preguntarnos qué está pasando en el corazón de nuestros alumnos.

Porque no todo lo importante hace ruido.

La pregunta más incómoda: ¿quién educa la interioridad del educador?

Aquí aparece una cuestión que no podemos esquivar. La interioridad del alumno comienza también en la interioridad del educador.

No podemos enseñar a detenerse si nosotros vivimos permanentemente acelerados.
No podemos invitar a escuchar si nosotros no sabemos escuchar.
No podemos acompañar procesos interiores si nunca hemos recorrido el nuestro.

La interioridad no es una técnica. No es una dinámica más. No consiste solamente en aprender algunas actividades de relajación, silencio o atención.

Es algo mucho más profundo. Es una manera de situarse ante uno mismo, ante los demás, ante la realidad y, para quien cree, ante Dios. Por eso, en educación, la interioridad no se enseña solamente. Se contagia.

Educar la interioridad es educar para la libertad

Una persona que no conoce su mundo interior corre el riesgo de vivir permanentemente desde fuera. Desde lo que otros esperan. Desde lo que las redes muestran. Desde la necesidad de aprobación. Desde la comparación. Desde la prisa. Desde el miedo. Desde el último estímulo recibido.

La interioridad abre un espacio diferente. El espacio de la libertad. Porque entrar dentro de uno mismo no significa encerrarse en uno mismo. Significa poder descubrir quién soy para poder relacionarme con el mundo y con los demás de una manera más libre, más consciente y más humana.

San Agustín lo expresó con una intuición que conserva toda su fuerza:

«No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad.» (De la verdadera religión, 39,72)

Y resulta especialmente significativo que esta misma intuición haya sido retomada recientemente por el papa León XIV, que anima a aprender a detenerse y a crear espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.

PISA nos hace una llamada. Pero necesitamos escuchar otra

No necesitamos elegir entre PISA y la interioridad. Necesitamos ambas cosas.

Necesitamos conocer qué está ocurriendo con nuestros aprendizajes y, al mismo tiempo, atrevernos a mirar más profundamente qué está ocurriendo con nuestros alumnos.

PISA puede mostrarnos cuánto están aprendiendo, pero hay preguntas que van más allá:

¿Quiénes están llegando a ser?
¿Qué están aprendiendo sobre sí mismos?
¿Qué están aprendiendo sobre los demás?
¿Qué lugar ocupa el sentido en sus vidas?
¿Qué les sostiene cuando llegan las dificultades?
¿Dónde encuentran esperanza?
¿Son capaces de detenerse?
¿De escuchar?
¿De discernir?
¿De descubrir lo que merece la pena?

Esas preguntas no aparecen fácilmente en un informe.

Pero quizá pertenecen al corazón mismo de la educación.

Saber, hacer… y ser

Durante mucho tiempo hemos hablado de saber.

Después aprendimos a insistir también en el saber hacer.

Hoy quizá necesitamos recuperar con fuerza una tercera dimensión: saber ser.

Porque una educación verdaderamente integral no puede conformarse con formar alumnos competentes. Necesita ayudar a formar personas.

Personas capaces de conocerse.
De cuidar su mundo interior.
De discernir.
De relacionarse.
De afrontar la dificultad.
De descubrir un sentido.
De ponerse al servicio de los demás.

Y, para quienes vivimos la fe cristiana, de descubrir que en lo más profundo del corazón no estamos solos.

Hay una Presencia que espera.
Un Dios que llama.
Un Jesús que sale a nuestro encuentro.
Un Maestro interior que invita a vivir desde dentro para poder entregarnos hacia fuera.

¿Estamos educando para saber o también para SER?

Quizá esta sea la pregunta que deberíamos hacernos como educadores.

No para abandonar los conocimientos.
No para renunciar a la exigencia.
No para despreciar los resultados.

Sino para recordar a quiénes estamos educando.

Nuestros alumnos necesitan aprender a leer, a calcular, a investigar, a argumentar y a resolver problemas.

Pero también necesitan aprender a escucharse. A detenerse. A reconocer lo que sienten. A discernir. A descubrir quiénes son. A preguntarse para qué quieren vivir.

Y a encontrar un lugar interior desde el que puedan mirar el mundo con más libertad y más esperanza.

PISA nos pregunta qué saben nuestros alumnos.

Tal vez nosotros tengamos que hacernos otra pregunta:

¿Quién les está ayudando a descubrir quiénes son?


Educar el ser en un mundo complejo

Esta reflexión está precisamente en el origen del Experto Universitario «Educar el ser en un mundo complejo: Educación de la Interioridad», que se ofrece durante el curso 2026-2027 en el Campus Universitario La Salle de Madrid.

Una formación dirigida a educadores que quieran profundizar en la educación de la interioridad desde una perspectiva pedagógica y antropológica.

Porque quizá uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo no sea solamente conseguir que nuestros alumnos sepan más, sino ayudarles a ser más plenamente personas.

A descubrir su mundo interior.
A vivir con más libertad.
A encontrar sentido.
Y a aprender que, en lo más profundo de nosotros mismos, puede comenzar también el encuentro con Dios.

Educar el ser.
En un mundo complejo.
Para una vida con sentido.

👉 Más información sobre el Experto Universitario en Educación de la Interioridad