"No salgas fuera de ti; vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad." (San Agustín)
EL BARULLO QUE NOS HABITA
Hay días en los que uno se descubre habitando una especie de ruido interior. No se trata de grandes problemas ni de acontecimientos extraordinarios. Es algo más sutil: una sensación de no estar del todo a la altura. De necesitar hacer más, demostrar más, esforzarse más...
Lo curioso es que ese sentimiento no desaparece necesariamente con los años. Uno puede haber estudiado, asumir responsabilidades importantes, recibir el cariño y el reconocimiento de muchas personas y, aun así, seguir arrastrando la impresión constante de que nunca es suficiente.
Esa inseguridad suele manifestarse de maneras muy diversas: nos cuesta expresar con claridad lo que pensamos; evitamos pedir ayuda para no molestar; asumimos más responsabilidades de las que nos corresponden; intentamos resolverlo todo por nosotros mismos y, al mismo tiempo, echamos de menos sentirnos acompañados.
Quizás por eso muchas personas terminan agotadas; no tanto por el trabajo que realizan, sino por el esfuerzo constante de intentar demostrar su valor.
Es precisamente a ese cansancio al que Jesús responde con una de las invitaciones más tiernas del Evangelio:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).
LA TRAMPA DE LAS INTERPRETACIONES
San Ignacio de Loyola conocía bien estos
movimientos interiores. Sabía que no todas las voces que resuenan dentro de
nosotros nos conducen a la vida. Algunas mociones generan paz y libertad; otras
nos inquietan y nos empequeñecen.
A veces vivimos tan acostumbrados a ese ruido
interior que llegamos a confundirlo con la realidad.
Porque muchas veces no sufrimos únicamente por lo
que sucede, sino por la interpretación que hacemos de ello. Un silencio, una
respuesta que no llega o una conversación que cambia de tono pueden despertar
temores profundos.
Sin darnos cuenta, rellenamos los espacios vacíos
con nuestras propias conclusiones: pensamos que molestamos, que ya no contamos
para los demás o que nuestra presencia es irrelevante.
Sin embargo, la realidad suele ser más compleja
—y mucho más esperanzadora— que nuestras proyecciones.
El primer paso para la paz no es juzgarnos ni
juzgar a los demás, sino escuchar con atención y con cariño qué voz está
hablando dentro de nosotros.
El Evangelio nos ofrece una perspectiva
diferente. Jesús, el maestro de la conversación, dice a sus discípulos:
«¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas?
Pues bien, ninguno de ellos está olvidado ante Dios... No tengáis miedo.
Vosotros valéis más que muchos pajarillos» (Lc 12,6-7).
Estas palabras contienen una verdad profundamente
liberadora. Jesús no dice que valemos porque somos eficaces, inteligentes o
exitosos. Dice simplemente que valemos.
Nuestro valor no nace de nuestros logros, sino de
la mirada amorosa con la que Dios nos contempla.
Quizás el problema no sea que desconozcamos
nuestras capacidades. Tal vez el problema sea que vivimos demasiado
desconectados de esa mirada.
San Ignacio nos recuerda que somos criaturas.
Hemos sido creados por amor y para amar. Nuestro valor no es una conquista
personal; es un don recibido.
Reconocer esto no conduce al orgullo. Al
contrario. Nos sitúa en la verdad.
Porque la verdadera humildad no consiste en
pensar poco de nosotros mismos. Tampoco en negar nuestros talentos o minimizar
nuestras cualidades. La humildad consiste en vivir en la verdad de lo que
somos: personas limitadas y frágiles, sí, pero también profundamente amadas.
El Concilio Vaticano II lo expresó de forma
luminosa:
«El hombre es la única criatura terrestre a la
que Dios ha amado por sí misma» (Gaudium et Spes, 24).
Qué diferente sería nuestra vida si creyéramos
realmente estas palabras.
No tendríamos que competir constantemente con
nadie. No necesitaríamos justificarnos continuamente. No viviríamos tan
pendientes de la aprobación ajena.
Podríamos reconocer nuestros dones sin sentirnos
culpables por ello y aceptar nuestras limitaciones sin convertirlas en una
condena.
VOLVER AL CORAZÓN
Este aprendizaje requiere detenerse.
Vivimos en una cultura que nos invita
continuamente a mirar hacia fuera: resultados, productividad, imagen,
reconocimiento, comparaciones. Sin embargo, pocas veces nos enseña a habitar
nuestro mundo interior.
En varias de sus intervenciones sobre la
interioridad, el papa León XIV ha insistido en que el primer trabajo debe
hacerse dentro de nosotros mismos, aprendiendo a reconocer los movimientos del
corazón.
Sus palabras conectan profundamente con la
intuición de San Agustín y de San Ignacio: para encontrar la verdad de nuestra
vida necesitamos volver al interior.
Volver al corazón no es encerrarse en uno mismo,
sino reencontrarse con la fuente.
Es allí donde Dios sigue pronunciando una palabra
de amor sobre nuestra vida, una palabra que no depende de nuestros éxitos ni de
nuestros fracasos.
Es también dejarse mirar con la cercanía, la
compasión y la ternura con las que Dios acompaña nuestra historia.
LA FRAGILIDAD DE QUIEN SE EXPONE
Toda relación auténtica implica una cierta
vulnerabilidad.
Quien comparte una idea, expresa una opinión,
ofrece su ayuda o manifiesta un afecto se expone a no ser comprendido,
reconocido o correspondido como esperaba.
Y eso duele.
A nadie le resulta indiferente sentirse ignorado,
poco escuchado o malinterpretado.
Sin embargo, el sufrimiento se vuelve más
profundo cuando comenzamos a identificar nuestra valía con la respuesta que
recibimos de los demás.
Entonces un silencio puede convertirse en
rechazo. Una distancia puede transformarse en abandono. Una diferencia de
opinión puede acabar siendo interpretada como una descalificación personal.
La respuesta cristiana ante este dolor no
consiste en blindarse ni en endurecer el corazón.
Consiste en volver una y otra vez a la fuente de
nuestra dignidad.
Con el paso de los años voy comprendiendo que una
parte importante de la madurez espiritual consiste en aprender a mirarnos con
la misma ternura con la que Dios nos mira.
No ignorando nuestras sombras, sino
reconociéndolas sin perder de vista nuestra dignidad.
Quizás ahí reside una de las claves de la paz
interior.
LA PAZ DE SABERSE AMADO
La paz no llega cuando logramos convencer a todos
de nuestro valor.
La paz tampoco llega cuando desaparecen todas
nuestras dudas.
La paz comienza a brotar cuando descubrimos que
nuestro valor está a salvo en las manos de Dios.
Cuando dejamos de medirnos constantemente, cuando
cesa la necesidad de compararnos o justificarnos, nace una libertad nueva.
- La
libertad para expresar lo que pensamos con sencillez.
- La
libertad para pedir ayuda sin sentirnos inferiores.
- La
libertad para agradecer nuestros dones y ponerlos al servicio de los
demás.
El papa Francisco lo resume con una sencillez
desarmante:
«Para DIos realmente eres valioso, no eres insignificante, le importas, porque eres obra de sus manos.»
(Christus Vivit, 115).
Quizás necesitamos escuchar esta frase más veces
de las que imaginamos.
Porque muchas de nuestras inseguridades nacen de
olvidar quiénes somos realmente.
La paz no comienza cuando el mundo reconoce
nuestro valor.
La paz comienza cuando descubrimos que nuestro
valor no depende de nuestras conquistas ni de la aprobación de los demás, sino
del amor con el que Dios nos ha creado y nos sigue sosteniendo cada día.
Tal vez la verdadera humildad no consista en
pensar poco de nosotros mismos, sino en aceptar con gratitud quiénes somos
delante de Dios.
Y entonces el barullo comienza, poco a poco, a
apagarse.
Queda la paz de sabernos criaturas amadas.
Amadas antes de nuestros éxitos.
Amadas también en nuestras fragilidades.
Amadas, simplemente, porque Dios ha querido nuestra existencia.

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