Hace unos días, en el funeral de una persona muy querida y entregada a su vocación religiosa, alguien pronunció una de esas frases que se te quedan clavadas por dentro:
«Tener grandes ideales sin tener referentes… es un desastre».
Una frase que me toco profundamente, porque hoy hablamos constantemente de valores, de compromiso, de solidaridad… pero, dónde aprendemos a vivirlos? ¿De dónde sacamos la fuerza para convertirlos en vida?
Un ideal sin referentes se queda en una bonita teoría. Para que los grandes ideales sean creíbles, necesitan rostros concretos. Necesitan personas que nos hagan pensar, sin decir una palabra: «Yo también quisiera vivir así».
La trampa de vivir mirando nuestro ombligo
Vivimos en una sociedad que, casi sin darnos cuenta, nos empuja a mirar exclusivamente hacia nosotros mismos. Estamos mediatizados por la queja y por la cultura del «sálvese quien pueda».
Mi necesidad. Mi derecho. Mi tiempo. Mi comodidad. Mi queja.
No se trata de no cuidarnos. Se trata del peligro de quedar encerrados en nosotros mismos. Porque cuando el «yo» ocupa todo el espacio, el otro empieza a convertirse en una molestia; en alguien que, simplemente, altera nuestros planes.
Y esto me recuerda inevitablemente a una historia que conocemos bien.
Un hombre al borde del camino
Y entonces aparece un samaritano. Precisamente alguien de quien, por las diferencias y enfrentamientos de la época, quizá no esperaríamos semejante gesto. Jesús nos sorprende poniendo como ejemplo a alguien que se deja tocar por el sufrimiento del otro:
«Al verlo, se compadeció» (Lc 10,33).
Ahí está la clave. El samaritano hace tres cosas que lo cambian todo:
- Ve: no solo mira de reojo; se deja afectar por la realidad.
- Se compadece: deja que el dolor del otro entre en su corazón.
- Actúa: se detiene, cura, carga y cuida.
No se queja de que ese hombre vaya a retrasar su viaje. No piensa que «alguien debería hacer algo». Él se hace cargo. Y al terminar la historia, Jesús no nos da una clase de moral, sino una invitación concreta a vivir de otra manera: «Anda y haz tú lo mismo».
Nos pide que pasemos de la teoría a la vida.
¿Soy yo referente para alguien?
Es fácil quejarse de la falta de referentes en el mundo. Pero la pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿Soy yo referente para alguien?
No hace falta hacer cosas extraordinarias. Nuestra vocación y nuestros ideales se juegan en los detalles más pequeños:
En cómo trato a esa persona que me resulta difícil.
En cómo hablo de los demás cuando no están delante.
En si sé reconocer un error y pedir perdón.
En si escucho de verdad o solo espero mi turno para hablar.
En si ayudo cuando nadie me ve (y sin esperar aplausos).
En si vivo instalado en la queja o agradezco lo que tengo.
Quizá nunca sabremos quién nos está mirando. Pero quizá alguien esté aprendiendo de nosotros sin que lo sepamos
Hoy, ¿quién necesita que me detenga?
Un joven no se transforma solo por escuchar que «hay que ser solidario». Se transforma cuando conoce a alguien que ha entregado su vida a los demás sin convertir cada entrega en una queja.
La justicia, la esperanza, la fe y la vocación necesitan rostros que nos digan que merece la pena vivir de otra manera.
Por eso vuelvo a la frase de aquel funeral: «Tener grandes ideales sin tener referentes… es un desastre».
Pero hoy me atrevería a añadirle un matiz:
Tener grandes ideales y no intentar convertirnos nosotros mismos en referentes… también lo es.
No necesitamos ser perfectos, solo coherentes. Personas que, con nuestras limitaciones, intentamos detenernos frente al que sufre.
Por eso, hoy me quedo con dos preguntas para llevarnos al día a día:
¿Qué tipo de referente estoy siendo yo?
Y, sobre todo... en mi camino de hoy, ¿quién necesita que me detenga?
Emilio has sacado mucha enseñanza de una simple frase. Gracias!!!! Pere.
ResponderEliminarImpresionante Emilio, que claridad! Me hiciste pensar cuánto desastre deben estar contabilizando nuestros jóvenes. La práctica de la Coherencia responsable no tiene likes. Pero bravo por los que no claudican.
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