domingo, 25 de octubre de 2026

Razones para la esperanza: tres miradas al futuro de la humanidad.

 

Un espacio de oxígeno para la esperanza

¿En qué mundo queremos vivir? Una reflexión a partir de los Premios Princesa de Asturias

¿En qué mundo queremos vivir?

Hay preguntas que, cuando se formulan en el momento adecuado, tienen la capacidad de detenernos. Nos obligan a levantar la vista de la rutina, a tomar distancia del ruido cotidiano y a preguntarnos qué dirección estamos dando a nuestra vida y a nuestra sociedad.

Durante la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, celebrada en Oviedo, la princesa Leonor puso voz a algunas de las inquietudes de su generación: cómo mantener el entusiasmo en tiempos de desencanto, cómo afrontar la incertidumbre, las desigualdades, los conflictos y los extremismos, y cómo seguir confiando en el futuro cuando tantas cosas parecen ponerlo en cuestión.

Mientras escuchaba sus palabras y los discursos de los galardonados, tuve una sensación inesperada.

Durante el tiempo que duró este acto, se abrió un espacio de oxígeno para la esperanza.

Y no hablo de una esperanza ingenua. No de la convicción de que todo acabará saliendo bien por sí solo. Hablo de algo más humilde y, al mismo tiempo, más exigente: la capacidad de reconocer, incluso en medio de las dificultades, que siguen existiendo motivos para confiar en el ser humano y razones para comprometerse con el futuro.

Los problemas no habían desaparecido. Las guerras no se habían detenido ni las divisiones habían dejado de existir. Tampoco nadie ofrecía soluciones sencillas para cuestiones enormemente complejas.

Fue algo diferente.

En medio de un tiempo marcado por la polarización, el desencanto y la sensación constante de crisis, escuché a varias personas recordar que la humanidad sigue siendo capaz de cooperar, de crear, de comprender y de construir algo mejor.

De todos los discursos, tres me resultaron especialmente significativos. Tres voces muy distintas que, desde la exploración espacial, la historia y la literatura, parecían responder a una misma pregunta: ¿por qué merece la pena seguir esperando y qué podemos hacer para construir el mundo en el que queremos vivir?

Compartimos la misma nave

La astronauta Christina Koch ofreció una de las imágenes más hermosas de toda la ceremonia.

Su reflexión no partía de una teoría, sino de una experiencia personal. La primera vez que estuvo en España acababa de graduarse, trabajaba como ingeniera de la NASA y soñaba con convertirse en astronauta. Mientras visitaba a su hermana, que estudiaba en nuestro país, leyó la noticia de la tragedia del transbordador Columbia, en la que murieron los astronautas a los que admiraba.

Aquel día comprendió que la exploración espacial era mucho más que una aventura científica o una hazaña de un país. Era una empresa capaz de conmover a toda la humanidad. Aquellos astronautas eran embajadores de la Tierra y su pérdida se sentía mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos.

Diez años después recibió la llamada que le ofrecía formar parte de una tripulación espacial. Aceptó aquel privilegio consciente de su dimensión universal: cuando unas personas abandonan nuestro planeta, explicó, el mundo entero las lleva en su corazón. Y eso comporta una responsabilidad.

Por eso, cuando la tripulación de Artemis II definió sus valores fundamentales, adoptó un lema que expresaba aquella convicción: «Una misión de todos y para todos».

Trece años después de aquella primera experiencia en España, Koch volvió a emocionarse. Esta vez se encontraba a unos cuatrocientos mil kilómetros de la Tierra, durante el viaje alrededor de la Luna. En una videollamada, su marido le contó que estaba ocurriendo algo esperanzador «aquí abajo»: personas que se unían, más allá de su procedencia, sus ideas políticas, su educación o sus recursos económicos. Aquella noticia la conmovió porque expresaba algo que siempre había deseado: que una misión espacial pudiera despertar también una forma de unión humana en nuestro propio planeta.

Y nos dejó una invitación tan sencilla como profunda:

«No esperen a la próxima misión a la Luna para darse cuenta de que sus semejantes son sus compañeros de tripulación».

Hay frases que uno escucha y permanecen resonando durante mucho tiempo.

Vivimos en una época en la que con demasiada facilidad clasificamos a las personas entre quienes piensan como nosotros y quienes no, entre aliados y adversarios, entre los nuestros y los demás. A menudo parece que necesitamos encontrar diferencias antes incluso de descubrir qué compartimos.

Sin embargo, la mirada de la astronauta nos recuerda una verdad elemental: compartimos una misma casa y un mismo destino.

Los problemas que amenazan nuestra convivencia y nuestro planeta no entienden de fronteras. El futuro no puede construirse de espaldas a los demás. Y la dignidad de una persona no depende de que piense como nosotros, vote como nosotros o pertenezca a nuestro grupo.

Koch fue todavía más lejos. Nos invitó a elegir el mundo en el que queremos vivir en cada interacción, en cada calle. No se trata únicamente de esperar grandes acuerdos internacionales o gestos extraordinarios. También se trata de decidir cómo miramos, cómo hablamos y cómo tratamos a quienes encontramos cada día.

No necesitamos viajar al espacio para descubrir que los demás son nuestros compañeros de viaje. Basta con aprender a mirarlos de otra manera.

Quizá la esperanza comience precisamente ahí: cuando dejamos de ver adversarios y empezamos a reconocer compañeros de tripulación.

La lección del tiquitaca

El historiador Timothy Garton Ash abordó una preocupación distinta, aunque profundamente relacionada con la anterior: el futuro de Europa y la defensa de la libertad.

Su discurso no fue ingenuo. Recordó que, en torno al año 2005, Europa había alcanzado un momento extraordinario de libertad, paz e integración. Sin embargo, las sucesivas crisis y las amenazas externas e internas han puesto en cuestión muchos de aquellos logros. La guerra en Ucrania, los autoritarismos y los populismos muestran que la libertad y la convivencia democrática no están garantizadas para siempre.

Ante esta situación, Garton Ash propuso tres claves para defender, reformar y ampliar una Europa libre: la verdad, la confianza y el tiquitaca.

La primera es la verdad. El historiador alertó de un tiempo en el que las redes sociales, la inteligencia artificial, las potencias hostiles y algunas personas con poder pueden contribuir a difundir engaños y confusión. Frente a ello, reivindicó la búsqueda rigurosa de la verdad, sustentada en el examen crítico de las pruebas y en hechos contrastados.

No es una cuestión secundaria. Cuando dejamos de distinguir entre los hechos y las falsedades, cuando solo escuchamos aquello que confirma nuestras opiniones, el diálogo se vuelve casi imposible. La convivencia necesita personas capaces de contrastar la información, escuchar otros argumentos y revisar sus propias convicciones.

La segunda clave es la confianza. Garton Ash señaló que las democracias liberales atraviesan una profunda crisis de confianza, especialmente entre los jóvenes. Recuperarla exige buenas políticas, pero también instituciones respetadas, capaces de adaptarse, y personas dispuestas a contribuir al bien común desde los distintos ámbitos de la sociedad.

La confianza no se decreta. Se construye con honestidad, responsabilidad, coherencia y una disposición real a escuchar al otro.

Y entonces llegó la tercera clave, la más inesperada: el tiquitaca.

La referencia al fútbol tenía un significado especial en una ceremonia en la que estaba presente Leo Messi, pero encerraba una lección que va mucho más allá del deporte. Garton Ash explicó que el éxito requiere tanto del talento individual como de un trabajo en equipo sofisticado. En el tiquitaca, cada jugador tiene su función y su capacidad, pero el juego alcanza su belleza cuando todos se entienden, anticipan los movimientos de los demás y hacen circular el balón pensando en el conjunto.

Su deseo para Europa era precisamente ese: que sus naciones, Estados y regiones supieran combinar diversidad y unidad. Que cada uno pudiera aportar su singularidad sin convertirla en un obstáculo para los demás.

Mientras escuchaba esta metáfora, pensaba que no solo sirve para Europa.

Sirve para nuestras escuelas.
Sirve para nuestras comunidades.
Sirve para nuestras familias.
Sirve para nuestras sociedades.

Vivimos en una cultura que premia la visibilidad individual. Desde pequeños recibimos mensajes que nos animan a destacar, competir y sobresalir. Pero las grandes conquistas humanas rara vez son obra de una sola persona.

La ciencia avanza gracias a equipos. La educación es una tarea compartida. Las sociedades democráticas necesitan confianza. La convivencia se construye entre personas diferentes que aprenden a trabajar juntas.

Quizá necesitamos recuperar el valor de una palabra que parece sencilla, pero que resulta cada vez más difícil de practicar: cooperación.

Cooperar no significa pensar todos igual. Significa aprender a construir algo juntos, incluso cuando existen diferencias, porque hay objetivos que merecen más que nuestras rivalidades.

El futuro no depende solo del talento que cada uno acumule individualmente, sino de nuestra capacidad para ponerlo al servicio de un proyecto común.

También la esperanza necesita comunidad. Rara vez nace del aislamiento. Casi siempre crece allí donde aprendemos a confiar, colaborar y construir algo juntos.

Las verdades que no envejecen

El escritor Julian Barnes aportó una reflexión distinta, pero igualmente necesaria.

Cuando era joven, daba por sentado que las artes, como la ciencia, la tecnología, la sociedad y la política, avanzaban de manera inevitable. La historia del arte y de la literatura parecía confirmar ese progreso: cada etapa sucedía a la anterior, cada movimiento abría nuevas posibilidades y lo más novedoso parecía, casi por definición, mejor.

Con el tiempo, Barnes dejó de compartir esa idea. Ya no considera que cada evolución artística mejore necesariamente la precedente. La novedad no equivale siempre a progreso.

Para explicar su manera de entender la cultura, propuso una imagen preciosa: la de una gran mesa redonda en la que los artistas de distintas épocas pudieran conversar entre sí. Imaginó a Renoir preguntando a Velázquez cómo había pintado sus cuadros, a Voltaire rectificando su juicio sobre Shakespeare y a Flaubert expresando su admiración por Cervantes.

La imagen nos invita a contemplar la cultura no como una carrera en la que cada generación deja atrás a la anterior, sino como una conversación que continúa a lo largo del tiempo. Las obras cambian, las formas de expresión se transforman y cada época aporta su mirada, pero seguimos encontrándonos con preguntas que atraviesan los siglos.

Al presentar a Barnes, la princesa Leonor recordó una expresión con la que el escritor se describe a sí mismo: «un optimista melancólico y un pesimista alegre». La paradoja resulta sugerente. Tal vez podamos reconocer las sombras de la existencia sin renunciar a la emoción, al humor, a la belleza y a la posibilidad de encontrar sentido.

Porque, en el fondo, seguimos preguntándonos quiénes somos, cómo amar, cómo afrontar la pérdida, cómo convivir con el sufrimiento y cómo encontrar sentido a nuestra existencia.

La tecnología cambia. Las circunstancias históricas cambian. Incluso cambian nuestras formas de comunicarnos y de entender el mundo. Pero hay preguntas fundamentales que no desaparecen.

Por eso seguimos leyendo grandes obras escritas hace siglos. Por eso seguimos necesitando la literatura, el arte y la cultura. No solo para adquirir conocimientos o entretenernos, sino también para comprender mejor la experiencia humana y reconocer algo de nosotros mismos en la vida de los demás.

A veces hablamos del progreso como si consistiera únicamente en descubrir algo nuevo. Sin embargo, quizá una parte esencial del progreso consista también en volver a descubrir aquello que nunca ha dejado de ser verdadero.

La dignidad humana.
La amistad.
La búsqueda de la verdad.
La compasión.
La justicia.
La esperanza.

No se trata de idealizar el pasado ni de renunciar a la innovación. Se trata de no confundir lo nuevo con lo mejor, ni la velocidad con la sabiduría. Podemos avanzar científicamente y, al mismo tiempo, necesitar aprender de nuevo a escuchar, cuidar, amar y convivir.

Hay verdades que no envejecen, aunque cada generación necesite volver a pronunciarlas con sus propias palabras.

Recuperar el oxígeno

Al terminar la ceremonia comprendí que lo que más me había conmovido no eran los premios en sí mismos. Era la imagen de humanidad que aparecía detrás de ellos.

Una astronauta que nos recuerda que compartimos destino y que podemos elegir, en cada encuentro cotidiano, el mundo en el que queremos vivir.

Un historiador que nos invita a defender la verdad, reconstruir la confianza y aprender a cooperar sin renunciar a nuestra diversidad.

Un escritor que nos ayuda a descubrir que el progreso no consiste únicamente en avanzar, sino también en mantener viva la conversación con las grandes preguntas de la existencia humana.

Ninguno de ellos ignoró los problemas de nuestro tiempo. Ninguno ofreció soluciones mágicas. Pero sus palabras me recordaron algo fundamental: merece la pena seguir aportando lo mejor de nosotros mismos.

Por eso, al apagar la televisión, me quedó una sensación difícil de describir.

Los problemas seguían ahí.
Las guerras seguían ahí.
Las incertidumbres también.

Pero durante ese acto de entrega de premios había contemplado otra cara de la realidad.

La de quienes exploran para ampliar nuestros horizontes.
La de quienes estudian el pasado para defender la libertad.
La de quienes escriben para ayudarnos a comprender mejor la condición humana.

Personas que nos recuerdan que compartimos una misma nave, que el futuro exige aprender a jugar en equipo y que hay verdades que merece la pena conservar y transmitir.

Quizá la esperanza no sea la certeza de que todo irá bien. Quizá sea algo más sencillo y más exigente: la decisión de seguir creyendo que nuestras acciones importan, que los demás no son nuestros enemigos inevitables y que siempre es posible aportar algo de luz en medio de la oscuridad.

Porque el mundo en el que queremos vivir no aparecerá de repente. Lo vamos construyendo cada día con nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Gracias a las voces de una astronauta, un historiador y un novelista, recordé que todavía existen razones para hacerlo con esperanza.

Un pequeño espacio de oxígeno.
El suficiente para seguir adelante.

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