VIVIMOS AFERRADOS
Nos aferramos a una imagen de nosotros mismos, a nuestros planes, a nuestros éxitos, a nuestras seguridades. Nos agarramos incluso a las personas que amamos, como si fueran una posesión. Y, sin darnos cuenta, acabamos viviendo con el miedo constante a perder aquello que creemos necesitar para ser felices.
En este proceso de volver a escribir, de reencontrarme con la página en blanco, me he topado con un concepto de la espiritualidad ignaciana que, a primera vista, puede sonar frío, pero que encierra una enorme sabiduría para la vida: la indiferencia.
QUÉ SIGNIFICA REALMENTE LA INDIFERENCIA IGNACIANA
La palabra puede resultar incómoda. En nuestro lenguaje cotidiano, ser indiferente suele significar desentenderse de algo o de alguien. Es casi sinónimo de apatía, de distancia o de falta de interés. Pero para San Ignacio de Loyola la indiferencia es algo muy distinto. No es ausencia de sentimientos, sino plenitud de libertad interior.
La apatía nos desconecta de la vida. La indiferencia ignaciana, por el contrario, nos permite implicarnos profundamente en ella sin quedar atrapados por nuestros apegos. No consiste en que todo nos dé igual; consiste en no depender de nada para poder elegirlo todo.
Es la actitud de quien mantiene las manos abiertas. Con las manos abiertas podemos recibir y también dejar marchar. Podemos agradecer lo que llega y aceptar lo que se va. Podemos comprometernos profundamente con la vida sin la ansiedad de pretender controlarla.
UNA RAÍZ PROFUNDAMENTE EVANGÉLICA
Esta actitud tiene una raíz evangélica. Jesús invita a sus discípulos a vivir sin aferrarse: «Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21). Toda una invitación a revisar no tanto lo que poseemos o aquello que intentamos controlar, sino dónde descansa realmente nuestro centro de gravedad.
Ignacio llegó a formularlo de manera radical en los Ejercicios Espirituales. En el llamado «Principio y Fundamento» escribe que debemos hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, «de tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta». No porque todas estas realidades tengan el mismo valor, sino porque ninguna de ellas debe convertirse en el centro de nuestra existencia.
El centro es otro.
EL «TANTO CUANTO»: APRENDER A USAR Y A SOLTAR
Quizá una de las expresiones más luminosas de la espiritualidad ignaciana sea la del «tanto cuanto». Usar las cosas, las oportunidades, los talentos o las relaciones tanto cuanto nos ayudan a vivir con más verdad, a amar más y a responder mejor a nuestra vocación. Y aprender a soltarlas cuando dejan de ayudarnos a ello.
La indiferencia no es, por tanto, un fin en sí misma. Es la condición que hace posible el discernimiento. Porque solo un corazón libre puede escuchar de verdad. Solo un corazón libre puede preguntarse qué le está pidiendo Dios —o la vida— en cada momento. Es ese espacio interior en el que dejamos de preguntarnos únicamente qué queremos nosotros para empezar a intuir qué se nos está pidiendo, aquí y ahora.
Cuando una persona vive excesivamente aferrada a un resultado, a una idea o a una seguridad, se vuelve menos capaz de escuchar, de cambiar o de dejarse sorprender. En cambio, cuando aprende a decir: «Esto es lo que deseo, pero estoy abierto a algo mayor», comienza a vivir de otra manera.
LA CONFIANZA COMO CAMINO DE LIBERTAD
Quizá la indiferencia ignaciana sea, en el fondo, un ejercicio de confianza.
Confiar en que la vida no depende únicamente de nuestros cálculos. Confiar en que Dios sigue actuando incluso cuando los acontecimientos no coinciden con nuestros planes. Confiar en que podemos perder algunas cosas sin perdernos a nosotros mismos.
No es una actitud que se alcance de una vez para siempre. Es un aprendizaje cotidiano, una especie de gimnasia interior. Cada día la vida nos ofrece pequeñas ocasiones para practicarla: cuando un proyecto se tuerce, cuando una conversación toma un rumbo imprevisto o cuando una puerta se cierra. En esos momentos podemos aferrarnos con rabia a lo que habíamos imaginado o dar espacio a que algo nuevo quiera surgir.
VIVIR CON LAS MANOS ABIERTAS
La indiferencia ignaciana no nos vuelve menos humanos. Al contrario: nos ayuda a vivir más disponibles y más abiertos a la sorpresa.
El papa Francisco recuerda en Evangelii Gaudium que «el tiempo es superior al espacio». Es una llamada a no obsesionarnos con el control ni con la posesión inmediata de los resultados —lo que equivaldría a cerrar el puño para retener el "espacio"—, sino a aceptar los ritmos lentos, confiando en los procesos que se van realizando en nuestra vida de maneras que no habíamos previsto.
Tal vez la pregunta no sea qué queremos retener, sino qué necesitamos soltar para vivir con el corazón más libre. Porque la libertad no consiste en no tener nada, sino en no necesitar poseerlo todo.
¿A qué me estoy aferrando hoy con demasiada fuerza?
La libertad comienza, precisamente, ahí: cuando dejamos de apretar el puño y aprendemos, poco a poco, a habitar la vida con las manos abiertas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario